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El Estadio Azteca y los arquitectos latinoamericanos que cambiaron la historia del deporte

Pedro Ramírez Vázquez, lava del Xitle, voladizos sin columnas y tres Mundiales en un mismo estadio: la historia arquitectónica del Azteca y sus pares latinoamericanos.

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El Estadio Azteca y los arquitectos latinoamericanos que cambiaron la historia del deporte

Hablar del Estadio Azteca es hablar de fútbol. De Pelé levantando la Copa del Mundo en 1970, del gol del siglo de Maradona en 1986, y, ahora, del partido inaugural del Mundial 2026. Es uno de esos edificios que se confunden con los acontecimientos que albergan, hasta el punto de que casi nadie se pregunta quién los pensó ni cómo se hicieron.

Y sin embargo, detrás del estadio más mítico de América hay una historia arquitectónica de primer nivel. Hay un arquitecto, Pedro Ramírez Vázquez, que es una de las figuras más importantes de la arquitectura latinoamericana del siglo XX. Hay un terreno volcánico durísimo, lava petrificada del Xitle, sobre el que hubo que construir. Hay una decisión clave sobre cómo lograr que cada uno de los más de 100 mil espectadores pudiera ver el campo sin ninguna obstrucción. Hay una idea de fondo: que un estadio puede ser, además de un recinto deportivo, un símbolo cultural y un edificio público de primer orden.

Este artículo cuenta esa historia. Pero la usa también como puerta de entrada a una pregunta más amplia: ¿cuánto le ha aportado la arquitectura latinoamericana al deporte mundial, y cuánto de eso ha quedado en silencio?


El Estadio Azteca: una proeza arquitectónica nacida del deseo de un Mundial

La historia del Azteca empieza en 1962, en plena Ciudad de México. Dos figuras del país, Emilio Azcárraga Milmo y Guillermo Cañedo, vinculados al mundo del entretenimiento y del fútbol, querían construir un estadio enorme. Tenían dos objetivos: tener una sede a la altura para el Club América y convencer a la FIFA de otorgarle a México la sede del Mundial de 1970.

Para concretar esa idea, contrataron a dos arquitectos mexicanos jóvenes pero con una trayectoria sólida: Pedro Ramírez Vázquez y Rafael Mijares Alcérreca. Ambos formaban parte de una generación que estaba transformando la arquitectura del país, y que entendía los edificios públicos como piezas de identidad nacional.

El terreno elegido estaba en Santa Úrsula, en el sur de la ciudad. Allí había un desafío geológico mayor: el suelo era lava petrificada proveniente de la erupción del volcán Xitle, ocurrida hace miles de años. Construir sobre roca volcánica obligaba a tomar decisiones técnicas complejas, tanto para cimentación como para excavación. Como anécdota, durante las obras se encontraron fósiles de mamut enterrados en el terreno, un detalle que da idea de la profundidad histórica del lugar.

La construcción se llevó a cabo entre 1962 y 1966. El estadio se inauguró el 29 de mayo de 1966 con un partido entre el Club América y el Torino italiano, ante más de 100 mil aficionados. Durante décadas fue el estadio más grande de América.


Pedro Ramírez Vázquez: el arquitecto detrás del símbolo

Para entender el valor arquitectónico del Azteca hay que detenerse en su autor principal, Pedro Ramírez Vázquez (1919-2013).

Ramírez Vázquez es una de las figuras centrales de la arquitectura mexicana del siglo XX y, por extensión, de la arquitectura latinoamericana. Su obra incluye proyectos icónicos como el Museo Nacional de Antropología, considerado una de las obras maestras del modernismo mexicano y referencia mundial en arquitectura museística; el conjunto de la Basílica de Guadalupe en su versión moderna; y diversas sedes institucionales y deportivas.

Su pensamiento puede resumirse en una idea: la arquitectura no se limita a resolver una función, también construye identidad. Para él, un museo no era solo un contenedor de piezas, sino un relato sobre el pasado de una nación. Y un estadio no era solo un recinto para jugar al fútbol, sino un símbolo cultural capaz de proyectar a un país hacia el mundo.

Esa visión se nota en el Azteca. Desde la fuerza de su volumen exterior hasta la monumentalidad de sus accesos, todo está pensado para que el edificio sea reconocible, memorable y cargado de significado. No es un estadio funcional con una pintura encima: es una pieza de arquitectura pensada para durar y para representar.


La proeza estructural: ver el partido sin columnas en medio

Más allá del simbolismo, hay un aspecto técnico del Azteca que merece atención especial, porque es donde se concentra una parte importante de su valor arquitectónico.

El estadio se diseñó con una premisa muy clara: cada uno de los espectadores debía tener una visión directa y sin obstrucciones del campo. Para una capacidad original superior a los 100 mil asientos, distribuidos en varios niveles, eso es un desafío estructural enorme. La solución pasó por desarrollar grandes voladizos en las cubiertas, que permitieran sostener el techo y los niveles superiores sin necesidad de columnas intermedias que bloquearan la visibilidad.

El trabajo estructural se resolvió junto a los ingenieros Óscar de Buen y Félix Colinas, dos figuras importantes de la ingeniería estructural mexicana. Para los años sesenta, ejecutar voladizos de esa magnitud en hormigón era un logro de primer nivel.

El resultado es lo que vemos hoy: un estadio donde, desde casi cualquier asiento, la vista del campo es limpia. Esa es una de las razones por las que la experiencia en el Azteca se sigue describiendo como envolvente y compacta, a pesar de su tamaño descomunal. La arquitectura está al servicio de la experiencia del espectador, no al revés.


Tres Mundiales en un solo estadio: un caso único en el planeta

La historia del Azteca como sede mundialista empieza en 1970, con uno de los Mundiales más recordados de todos los tiempos. Fue allí donde Brasil ganó la final contra Italia por 4 a 1, con Pelé como figura, levantando su tercera Copa del Mundo y consagrándose en lo que muchos consideran la mejor selección de la historia.

Dieciséis años más tarde, en 1986, el Azteca volvió a abrir sus puertas a un Mundial. Ese torneo dejó dos imágenes que están en la memoria del fútbol mundial: el llamado "gol del siglo" de Diego Maradona contra Inglaterra, y la final ganada por Argentina ante Alemania. Otra vez, todo ocurrió en el mismo estadio.

Y ahora, en 2026, el ciclo se completa. El Mundial de 2026, organizado conjuntamente por México, Estados Unidos y Canadá, comenzará oficialmente el 11 de junio con el partido inaugural en el Azteca. Eso convierte al estadio en el primer recinto del mundo en albergar tres Copas del Mundo distintas, un récord que difícilmente otro estadio pueda igualar en el corto plazo.

Para llegar en condiciones a este nuevo Mundial, el Azteca pasó por una renovación integral entre 2023 y 2025, su cuarta gran remodelación. La intervención buscó adaptarlo a los estándares actuales de FIFA, mejorar accesos, áreas comunes y tecnología, sin renunciar a la esencia del proyecto original. Para el Mundial 2026, además, el estadio aparece oficialmente bajo el nombre de Estadio Ciudad de México por razones de patrocinio, aunque para el público sigue siendo, como siempre, el Azteca.


La arquitectura latinoamericana y el deporte: una historia que casi no se cuenta

El Azteca no es un caso aislado. La arquitectura latinoamericana del siglo XX produjo varios estadios y recintos deportivos que merecen mucho más reconocimiento global.

Uno de los más significativos es el Estadio Maracaná, en Río de Janeiro, inaugurado para el Mundial de 1950. Fue durante décadas el estadio con mayor capacidad del mundo, y se convirtió en un símbolo del fútbol brasileño. Allí ocurrió el llamado "Maracanazo", cuando Uruguay ganó la final ante Brasil en su propia casa, un evento que marcó la historia del fútbol y del propio edificio.

Otro caso destacable es el Estadio Monumental de River Plate, en Buenos Aires, sede de la final del Mundial 1978 donde Argentina ganó su primera Copa del Mundo. Su arquitectura modernista, con grandes graderías abiertas, es uno de los íconos del paisaje deportivo de Buenos Aires.

A esto se suman recintos deportivos vinculados a Juegos Olímpicos, como el conjunto del Estadio Olímpico Universitario de Ciudad de México, sede de los Juegos Olímpicos de 1968, obra de gran valor arquitectónico y artístico, con murales de Diego Rivera en su fachada.

Y, más allá del fútbol, hay piezas como el Palacio Municipal de los Deportes de Ciudad de México, también de Ramírez Vázquez junto con otros arquitectos, una cúpula geodésica espectacular construida para los Juegos Olímpicos de 1968.

El hilo común es claro: América Latina ha producido arquitectura deportiva de primer nivel, pero el reconocimiento internacional de sus autores suele quedar por detrás del de sus pares europeos o estadounidenses.


Qué nos enseña esta historia

La historia del Estadio Azteca y de sus pares latinoamericanos deja varias lecciones para quien estudia o ejerce la arquitectura.

La primera es que los grandes edificios públicos son piezas culturales. El Azteca no es importante solo por sus dimensiones o por los partidos que albergó, sino porque encarna una idea concreta sobre cómo un país puede proyectarse al mundo a través de la arquitectura. Esa convicción guió a Ramírez Vázquez durante toda su carrera, y se nota en cada uno de sus proyectos.

La segunda es que la durabilidad de un proyecto depende, en buena medida, de la calidad de las decisiones iniciales. El Azteca pudo adaptarse a varias renovaciones durante seis décadas porque su estructura, su organización y su lenguaje arquitectónico estaban bien resueltos desde el inicio. Eso es lo que permite que un edificio acompañe varias generaciones sin volverse obsoleto.

Y la tercera, quizás la más importante, es que vale la pena rescatar y nombrar a los autores. Para que la arquitectura latinoamericana ocupe el lugar que merece en la conversación global, hace falta que nombres como Pedro Ramírez Vázquez, Rafael Mijares Alcérreca, Óscar de Buen o Félix Colinas dejen de estar en segundo plano. Reconocerlos no es un acto de nostalgia: es una forma de cuidar la memoria de la disciplina.


Conclusión

Cuando este 11 de junio empiece el Mundial 2026, los ojos del mundo van a estar puestos en una cancha. Pero alrededor de esa cancha hay un edificio que lleva sesenta años en pie, que se construyó sobre lava volcánica, que resolvió desafíos estructurales enormes y que, sobre todo, fue pensado por un arquitecto mexicano con una idea clara de para qué sirve la arquitectura.

El Estadio Azteca es la prueba de que un estadio puede ser, además de un escenario deportivo, una obra de arquitectura de primer nivel y un símbolo cultural. Y nos recuerda que en la historia del deporte mundial hay también una historia arquitectónica nuestra, hecha en América Latina, que merece mucho más reconocimiento.

La próxima vez que veas un partido en el Azteca, ya sabes: estás viendo el trabajo de Pedro Ramírez Vázquez, Rafael Mijares Alcérreca y todo un equipo de arquitectos e ingenieros mexicanos. Y estás viendo, en pleno funcionamiento, una de las grandes obras públicas del siglo XX en América.


Referencias

  • Adrià, M. (2014). Pedro Ramírez Vázquez: una visión moderna. Arquine, Ciudad de México.
  • Carranza, L. E. y Lara, F. L. (2014). Modern Architecture in Latin America: Art, Technology, and Utopia. University of Texas Press, Austin.
  • FIFA (2024). FIFA World Cup 26 — Host Cities and Stadiums. Fédération Internationale de Football Association, Zúrich.
  • Fundación Pedro Ramírez Vázquez (s. f.). Archivo de obra: Estadio Azteca, Museo Nacional de Antropología, Palacio Municipal de los Deportes. Ciudad de México.
  • González Gortázar, F. (1996). La arquitectura mexicana del siglo XX. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Ciudad de México.
  • Hernández, F. (2010). Beyond Modernist Masters: Contemporary Architecture in Latin America. Birkhäuser, Basilea.
  • Mijares Alcérreca, R. y Ramírez Vázquez, P. (1966). Estadio Azteca: memoria del proyecto. Archivo Ramírez Vázquez, Ciudad de México.
  • Noelle, L. y Tejeda, C. (2009). Catálogo guía de arquitectura contemporánea: Ciudad de México. Arquine, Ciudad de México.
  • Segre, R. (2005). América Latina, fin de milenio: raíces y perspectivas de su arquitectura. Editorial Arte y Literatura, La Habana.
  • UNESCO (2007). Central University City Campus of the Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) — World Heritage List. UNESCO, París.

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