En su canción "Debí Tirar Más Fotos", Bad Bunny incluye una frase que en Puerto Rico, y en buena parte del Caribe, retumba muy fuerte: "no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái". Es una línea corta, pero condensa una de las conversaciones más importantes del momento sobre territorio, turismo, identidad y derecho a quedarse en el propio lugar.
El problema es que mucha gente, fuera del Pacífico, no sabe exactamente a qué se refiere. ¿Qué le pasó a Hawái? ¿Por qué se ha convertido en una advertencia? La respuesta combina historia política, urbanismo, economía y arquitectura, y vale la pena contarla con cuidado.
Este artículo no es un análisis turístico ni un manifiesto. Es un intento de explicar, paso a paso, cómo un archipiélago que era un reino independiente terminó convertido en uno de los lugares más caros y más gentrificados del mundo, y por qué eso debería preocuparnos a quienes vivimos en otras islas, ciudades y territorios de América Latina y el Caribe.
Un reino independiente
Antes de ser un destino vacacional, Hawái fue un reino. El Reino de Hawái se consolidó a finales del siglo XVIII bajo Kamehameha I, que unificó las islas bajo una sola corona. Durante el siglo XIX fue un Estado reconocido internacionalmente, con tratados diplomáticos firmados con varias potencias, incluida Estados Unidos.
Tenía su propia bandera, su propia familia real, su propio idioma (el hawaiano) y un sistema cultural muy desarrollado. La capital del reino estuvo durante una época en Lahaina, en Maui, antes de trasladarse definitivamente a Honolulu. La gente trabajaba la tierra, pescaba en sistemas de acuicultura sofisticados, vivía en hale (casas tradicionales) y se organizaba alrededor de una relación profundamente espiritual con la aina, la tierra.
Esa historia es fundamental para entender lo que vino después. Hawái no era un territorio vacío esperando ser "descubierto" ni "modernizado". Era una nación organizada, con leyes, instituciones y una identidad muy clara.
El derrocamiento de 1893
La inflexión ocurre a finales del siglo XIX. Durante décadas, empresarios estadounidenses y europeos, especialmente dueños de plantaciones de azúcar y piña, fueron concentrando un enorme poder económico en las islas. Ese poder presionaba constantemente al reino para obtener más concesiones, más tierra y menos restricciones.
En 1893, un grupo de estos empresarios, con el apoyo militar de tropas de Estados Unidos desembarcadas desde un buque de guerra, derrocó a la reina Liliuokalani. La monarquía cayó. Hawái fue anexada formalmente por Estados Unidos en 1898, y en 1959 se convirtió en el quincuagésimo estado de la unión.
El derrocamiento de 1893 no fue un proceso democrático. Fue, dicho con claridad, un golpe de Estado liderado por intereses económicos extranjeros. En 1993, cien años después, el propio Congreso de Estados Unidos aprobó una resolución reconociendo formalmente el carácter ilegal de aquel derrocamiento y pidiendo disculpas al pueblo hawaiano. Una disculpa que, claro, no devolvió ni el reino ni la tierra.
De las plantaciones al turismo
Tras la anexión, la economía de Hawái fue moldeada por intereses externos. Primero, las plantaciones de azúcar y piña, que ocuparon enormes extensiones de tierra antes comunitaria. Para trabajarlas se importó mano de obra desde Japón, Filipinas, China, Portugal y Corea, transformando radicalmente la composición de la población.
Cuando las plantaciones empezaron a decaer a lo largo del siglo XX, llegó el siguiente capítulo: el turismo de masas. Especialmente a partir de la estatalidad en 1959, Hawái se convirtió en uno de los grandes destinos turísticos del mundo. Resorts, cadenas hoteleras, campos de golf, y más tarde casas vacacionales, ocuparon el territorio en una nueva ola.
La lógica es siempre la misma: la tierra hawaiana es enormemente valiosa para inversores externos, mucho más de lo que cualquier familia local promedio puede pagar. Y cuando hay una diferencia tan grande entre lo que un local puede pagar y lo que un comprador extranjero está dispuesto a poner, la dirección del flujo es predecible: la tierra se va.
El precio del paraíso
Los números hablan por sí solos. El precio promedio de una casa en Maui supera el millón de dólares. La oferta de vivienda es limitada porque es una isla, y la demanda no es local, es global. Compradores de Estados Unidos continental, Canadá, Asia y otros lugares adquieren propiedades para alquilarlas como vacacionales o como segundas residencias.
¿El efecto? Los hawaianos nativos y muchas familias locales no pueden competir. Renta y compra se vuelven inalcanzables. Hay un éxodo masivo documentado de hawaianos nativos que se han mudado a Las Vegas, Texas, California y otros estados, porque les sale más barato vivir en el continente que en su propia tierra. En algunas islas, los nativos hawaianos son hoy una minoría dentro de su propio archipiélago.
Esto tiene un nombre. Se llama gentrificación: el desplazamiento de los residentes originales por residentes de mayor poder adquisitivo, acompañado por un aumento sostenido de los precios. En el caso de Hawái, ocurre a una escala completamente desproporcionada por una razón geográfica simple: es una isla. La tierra no se puede expandir.
El incendio de Lahaina y la gentrificación de desastre
El 8 de agosto de 2023 ocurrió uno de los desastres más devastadores de la historia reciente de Estados Unidos. Un incendio atravesó la ciudad de Lahaina, en Maui. Más de 3000 edificios destruidos y 102 personas fallecidas. El casco histórico más importante de Hawái, antigua capital del reino, fue reducido a escombros.
Pero la verdadera tragedia, en cierto sentido, llegó después. Casi al día siguiente del incendio, residentes locales reportaron recibir llamadas de inversores ofreciéndoles comprar sus terrenos quemados. Algunos a precios muy por debajo del valor; otros a precios marketados directamente a compradores ricos de fuera del estado.
Es lo que se conoce como gentrificación de desastre o climática. La idea es sencilla: después de una catástrofe, los especuladores aprovechan el trauma, la urgencia económica y la falta de información de las víctimas para adquirir tierras valiosas a precios bajos. El concepto fue desarrollado por el académico Jesse Keenan, de la Universidad de Tulane, a partir de observar lo que pasó en Nueva Orleans tras Katrina, en partes de Puerto Rico tras María y en zonas afectadas por incendios en California.
En el caso de Lahaina, el gobernador de Hawái Josh Green tuvo que decretar una moratoria sobre la venta de propiedades dañadas para protegerlas frente a esa presión. La comunidad organizó el Lahaina Community Land Trust, una iniciativa sin fines de lucro que busca "mantener las tierras de Lahaina en manos de Lahaina", ayudando a las familias afectadas a no vender. Aun así, la presión sigue, y la pregunta abierta es si la reconstrucción dejará a los locales en su lugar o terminará por desplazarlos definitivamente.
Por qué esto le habla a Bad Bunny, y a nosotros
Bad Bunny no canta sobre Hawái por casualidad. Lo hace porque Puerto Rico, su isla, está expuesta a una dinámica muy parecida. Ha vivido huracanes devastadores, como María en 2017, ha visto cómo después de cada crisis se acelera la llegada de inversores externos, y ha sufrido cambios fiscales que atraen a compradores de Estados Unidos a costa de los puertorriqueños locales.
El miedo es muy concreto: que Puerto Rico se convierta en otra Hawái. Que la cultura quede reducida a una postal, mientras los puertorriqueños tienen que irse a Florida o a Nueva York porque ya no pueden pagar su propia isla. Que el reggaetón siga sonando en el mundo, pero cada vez menos en las calles que lo vieron nacer.
Y esta no es solo una conversación caribeña. Es una conversación que también atraviesa Latinoamérica entera. La gentrificación turística está pasando en Ciudad de México, en Medellín, en Cartagena, en Buenos Aires, en Lima, en Lisboa, en Barcelona. Cada vez es más caro vivir en tu propia ciudad porque tu vivienda vale más como Airbnb que como hogar.
Hawái no es una excepción remota. Es un espejo.
Lo que esto nos enseña sobre arquitectura y territorio
Para quien estudia o ejerce la arquitectura, este tema deja preguntas urgentes.
La primera es sobre la regulación. La planificación urbana no es solo dibujar zonas y alturas. Es decidir quién puede vivir dónde, y a qué precio. La ausencia de regulaciones fuertes sobre alquiler vacacional, sobre compra extranjera, sobre vivienda social, no es una decisión neutral: es una decisión que tiene consecuencias muy claras sobre quién se queda y quién se va.
La segunda es sobre el patrimonio. Lahaina muestra que el patrimonio no es solo el edificio. Es la comunidad que lo habita, el idioma que se habla en sus calles, las generaciones de familias que lo construyeron. Si reconstruyes un casco histórico pero las familias originales ya no están, lo que conservas es una escenografía, no un patrimonio vivo.
Y la tercera es sobre el rol del arquitecto. ¿Para quién diseñamos? ¿Para el cliente que paga? ¿Para el residente que ya vive ahí? ¿Para el visitante que llega? Cuando un territorio se vuelve un producto, la arquitectura es una de las herramientas que lo construye, para bien o para mal. Saberlo es el primer paso para hacerse cargo.
Conclusión
"No quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái". Cuando Bad Bunny canta esa frase, no está hablando de un detalle aislado. Está nombrando un proceso histórico de despojo, gentrificación y desplazamiento que empezó hace más de un siglo y que sigue activo. Un proceso donde el territorio, la cultura y la identidad de un pueblo terminaron siendo subordinados a los intereses económicos de quienes llegaron desde afuera.
La buena noticia es que hablarlo, nombrarlo y entenderlo es ya una forma de resistencia. La canción de Bad Bunny ha hecho que millones de personas que nunca habrían pensado en Hawái se pregunten qué pasó allí, y qué podría pasar en sus propios lugares. Para quien estudia o ejerce la arquitectura, el urbanismo o la cultura, ese es un punto de partida valioso.
Hawái no es solo un destino. Es una historia, una advertencia y un espejo. Y el espejo nos refleja a todos.
Referencias
- United States Congress (1993). Apology Resolution: Public Law 103-150. United States Congress, Washington D. C. Resolución conjunta que reconoce el carácter ilegal del derrocamiento del Reino de Hawái en 1893.
- Keenan, J. M., Hill, T. y Gumber, A. (2018). Climate Gentrification: From Theory to Empiricism in Miami-Dade County, Florida. Environmental Research Letters, vol. 13, n.º 5. Trabajo fundacional del académico de Tulane sobre el concepto de gentrificación climática.
- Lahaina Community Land Trust (s. f.). Documentación institucional y comunicados públicos sobre la situación posterior al incendio de agosto de 2023. Maui, Hawái.
- Trask, H. K. (1999). From a Native Daughter: Colonialism and Sovereignty in Hawai'i (ed. revisada). University of Hawai'i Press, Honolulu. Referencia clave sobre la historia colonial de Hawái y el movimiento de soberanía.
- Silva, N. K. (2004). Aloha Betrayed: Native Hawaiian Resistance to American Colonialism. Duke University Press, Durham. Estudio académico sobre la resistencia hawaiana al derrocamiento y la anexión.
- Klein, N. (2007). The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism. Metropolitan Books, Nueva York. Marco teórico amplio sobre la explotación económica de las catástrofes.
- Reportajes de Associated Press, PBS News, Honolulu Civil Beat y Route Fifty sobre el incendio de Lahaina, la crisis de vivienda en Maui y la presión de gentrificación posterior a 2023.
- Bonilla, Y. (2020). The Coloniality of Disaster: Race, Empire, and the Temporal Logics of Emergency in Puerto Rico, USA. Political Geography, vol. 78. Análisis de la dinámica de desastre y desplazamiento en Puerto Rico tras el huracán María.
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