Saltar al contenido principal
Divulgaciónpor Sara Puerta13 min de lectura

La ciudad que decimos querer y la ciudad que estamos construyendo con nuestras decisiones

Conjuntos cerrados, centros comerciales, mudanzas lejanas: por qué las decisiones cotidianas construyen exactamente la ciudad que decimos no querer.

urbanismociudadesespacio públicoLatinoaméricacotidianodivulgación
La ciudad que decimos querer y la ciudad que estamos construyendo con nuestras decisiones

Hay una conversación que se repite en casi todos los países de América Latina. La gente dice querer ciudades más caminables. Más seguras. Con más vida en las calles. Con vecinos que se conozcan. Con parques activos, comercios de barrio, transporte público digno, menos tráfico, más árboles, más cultura, más humanidad.

Y sin embargo, cuando miramos las decisiones concretas que tomamos día a día, muchas veces vamos en la dirección exactamente contraria. Nos mudamos a conjuntos cerrados con muros y garita. Compramos en centros comerciales y no en la tienda de la esquina. Nos incomodan los vendedores ambulantes, aunque digamos apoyar la cultura local. Elegimos vivir lejos del trabajo para tener casa más grande. No vamos a los parques, aunque los queramos llenos. Votamos por candidatos que priorizan autopistas y parqueaderos por encima del transporte público. Y celebramos cuando abren otro Starbucks en la esquina, aunque después nos quejemos de que el barrio perdió su identidad.

Este no es un artículo para culpar a nadie. Todos, sin excepción, tomamos algunas de estas decisiones en algún momento. La cultura, el mercado y los diseños urbanos actuales están construidos, muchas veces, para hacernos elegir así casi sin darnos cuenta. Pero es importante nombrar la contradicción. Porque si no la vemos, no podemos empezar a cambiarla.

Las ciudades no son fenómenos que nos pasan. Son el resultado acumulado de millones de decisiones pequeñas, individuales, cotidianas. Y aunque las decisiones grandes (las políticas, las inversiones, la planeación urbana) importan enormemente, las decisiones pequeñas también moldean, todos los días, el lugar donde vivimos. Este artículo es una invitación a mirar de frente esas decisiones y a entender qué ciudad estamos construyendo con ellas.


Los conjuntos cerrados y el fin de la vida de barrio

Uno de los cambios más grandes en las ciudades latinoamericanas de las últimas décadas es el auge de los conjuntos cerrados. Muros, garitas, seguridad privada, zonas comunes internas. Se venden con la promesa de seguridad, tranquilidad, exclusividad. Y muchísima gente los elige porque, en el contexto actual, parecen la única opción razonable.

El problema es que esa elección, multiplicada por miles de familias, va desmontando la vida de barrio. Cuando la gente vive puertas adentro de un muro, no camina la calle. No conoce al vecino de al lado. No frecuenta la tienda de la esquina. No se cruza casualmente con nadie. La calle deja de ser un espacio compartido y se convierte en un corredor de paso, muchas veces peligroso justamente porque nadie la habita.

Y aquí está la paradoja. Buscamos seguridad y encontramos aislamiento. Y ese aislamiento, a la larga, empeora la seguridad. Las calles seguras son las calles habitadas, las que tienen ojos en la calle, en palabras de Jane Jacobs. Las calles muertas, aunque estén rodeadas de muros, son las que más se degradan.

No es que los conjuntos cerrados sean malos en sí. Es que si todos elegimos esa opción, colectivamente terminamos con ciudades sin vida pública, sin encuentro, sin comunidad. Y luego nos preguntamos por qué nadie se conoce en el barrio, por qué la gente se siente sola, por qué la ciudad se siente hostil.


Los centros comerciales versus las calles

Otra decisión aparentemente inofensiva es preferir los centros comerciales a los comercios de calle. Los centros comerciales son cómodos, con parqueadero, con aire acondicionado, con seguridad, con todo cerca. Y por eso, en muchas ciudades, se convirtieron en el destino social por excelencia. La gente pasea, come, se ve con amigos, saca a los niños, todo en un centro comercial.

Cada visita a un centro comercial es, sin querer, una decisión de no ir a la calle. Y esa decisión, multiplicada, tiene efectos brutales. Los comercios de barrio se cierran. Las calles pierden vida. Los espacios públicos se vacían. La escala humana desaparece.

Y ojo, no es un tema de nostalgia. Es un tema muy concreto. Una ciudad con vida comercial en las calles es una ciudad con más ojos vigilantes, más encuentros casuales, más diversidad, más economía distribuida, más identidad. Una ciudad donde todo lo importante ocurre puertas adentro de centros comerciales es una ciudad más frágil, más homogénea y más aburrida.

Cambiar esto no significa dejar de ir a centros comerciales. Significa reconocer que cada compra en la tienda del barrio, cada café en el local independiente, cada paseo por la plaza en lugar del mall, es una pequeña decisión política. Estamos votando con nuestros pasos.


Los vendedores ambulantes y la cultura local

Hay una contradicción muy interesante en cómo relacionamos "cultura local" con "orden urbano". Decimos querer ciudades con carácter, con identidad, con sabor propio. Nos gusta viajar a lugares donde eso se ve. Y sin embargo, en nuestras propias ciudades, muchas veces vemos con incomodidad los vendedores ambulantes, los músicos de calle, las señoras vendiendo frutas en la esquina.

Y aquí hay que ser honestos. La cultura local no es solo la comida bonita del restaurante fancy con luces cálidas. También es la señora vendiendo mango en la esquina. También es el vendedor de tinto. También es el limpiabotas. También es el señor de las empanadas. Todos ellos son parte del tejido urbano y de la identidad cultural, aunque no salgan en Instagram.

Los vendedores ambulantes son también, en muchos casos, una respuesta a la falta de oportunidades laborales formales. Criminalizarlos o incomodarnos con su presencia sin atender las causas de fondo es una postura estética disfrazada de higienismo. Y elegir ciudades "limpias" en ese sentido casi siempre significa elegir ciudades más excluyentes.

Amar la cultura local es amarla completa, incómoda, ruidosa, mezclada. La cultura local ordenadita y curada para el turista no es cultura local, es escenografía.


Las calles para carros y los niños que ya no juegan afuera

Una de las tragedias urbanas más grandes del siglo XX y XXI es lo que perdimos como sociedad al diseñar las ciudades para el automóvil. Las calles, que durante siglos fueron espacios de juego, encuentro, comercio y vida pública, se convirtieron en canales de paso para vehículos. Y con eso, los niños dejaron de jugar en la calle.

Hoy, muchos niños de las ciudades latinoamericanas crecen sin conocer el placer básico de jugar en la calle con otros niños del barrio. Todo su tiempo libre ocurre dentro de la casa, dentro del conjunto o dentro de espacios organizados y programados por adultos. Y esto no es algo menor. La calle era, históricamente, el lugar donde los niños aprendían a estar en el mundo, a negociar con otros, a resolver conflictos, a ser independientes.

¿Por qué pasó esto? Porque diseñamos calles para carros. Anchas, rápidas, sin cebras, sin árboles, sin resaltos, sin nada que le diga al conductor "aquí estás pasando por un espacio compartido". Y las familias, con razón, sintieron que la calle era peligrosa. Así que se metieron adentro.

Y aquí está la contradicción. Queremos que nuestros hijos jueguen afuera, pero diseñamos ciudades donde jugar afuera es imposible. Queremos calles seguras, pero seguimos priorizando la velocidad del carro sobre la seguridad del peatón.

Recuperar las calles como espacio de vida no es imposible. Ciudades como Pontevedra en España, Copenhague, Groninga en Holanda y varias ciudades colombianas han empezado a hacerlo con éxito. Pero requiere decisiones colectivas: pacificar calles, ampliar aceras, plantar árboles, poner mobiliario urbano, calmar el tráfico. Y requiere que los ciudadanos, individualmente, defendamos ese cambio en lugar de resistirnos.


La ciudad que no se camina

Otra contradicción. Decimos querer sentirnos seguros en nuestra ciudad. Y sin embargo, muchos de nosotros nunca la caminamos. Nos movemos en carro puerta a puerta. Del garaje de la casa al parqueadero del trabajo. Del parqueadero del centro comercial al parqueadero del restaurante. Y así.

Y luego decimos que la ciudad es peligrosa. Que da miedo. Que no se puede caminar. Pero la ciudad da miedo, en parte, porque nadie la camina. Porque las calles están vacías. Porque los comercios de calle se cerraron. Porque no hay ojos en la calle. Porque quienes sí caminan son solo los que no tienen otra opción, y entonces se les mira con sospecha.

Las ciudades más seguras del mundo son las ciudades más caminadas. No porque tengan menos crimen en las estadísticas necesariamente, sino porque tienen más vida pública, más presencia, más comunidad. Una calle llena de peatones a las siete de la noche es una calle segura. Una calle vacía es una calle vulnerable.

Recuperar el placer de caminar la ciudad es también un acto político. Cada vez que decidimos caminar en lugar de manejar (cuando es posible, obviamente, no siempre lo es), estamos aportando a hacer la ciudad más viva y más segura.


Vivir lejos por casa más grande

Una de las decisiones más grandes que tomamos en la vida es dónde vivir. Y en muchas ciudades latinoamericanas, la lógica dominante es esta: si puedes, múdate lejos, a las afueras, donde la casa es más grande, más barata y con más aire.

El problema es que esa decisión, multiplicada, es la que crea las ciudades expandidas, con horas de tráfico, con dependencia total del carro, con periferias sin servicios, con enormes desigualdades espaciales. Cuando la clase media y alta se muda lejos, lleva consigo los recursos que financian la vida urbana central. Y las ciudades se vacían de gente que las hacía funcionar.

Además, cambiar horas de tráfico y estrés diario por metros cuadrados adicionales rara vez es un buen negocio en términos de calidad de vida. Estudios sobre bienestar muestran que las personas que tienen trayectos largos de commuting reportan niveles más altos de estrés, peor salud y menos satisfacción con la vida que quienes viven cerca de su trabajo, incluso en espacios más pequeños.

Vivir cerca de donde trabajas, aunque signifique renunciar a metros cuadrados, es una de las decisiones que más mejora la calidad de vida. Y también, colectivamente, es una de las que más beneficia a la ciudad. Menos tráfico. Más densidad. Más vida urbana. Más caminabilidad. Todo se conecta.


Los parques que están vacíos

Otro caso claro. Todos decimos querer parques llenos de vida. Pero muchos parques están vacíos, y muchas veces es porque no vamos a ellos. Preferimos el jardín privado, el centro comercial, el sofá en casa.

Y los parques se sostienen con presencia. Un parque lleno es un parque seguro, cuidado, activo. Un parque vacío se degrada, se vuelve peligroso, se abandona. Es un círculo vicioso.

Ir al parque es un acto pequeño pero enorme. Cada vez que vamos, llevamos vida. Le mostramos a la ciudad que ese espacio importa. Le decimos a la administración que hay demanda. Le enseñamos a los niños que el espacio público es suyo.

Y no hace falta ir para "hacer algo" en el parque. Ir a sentarse, a caminar, a leer, a mirar. La contemplación también es uso. Estar es participar.


Los barrios sin identidad y las cadenas que aplauden

Y llegamos a un punto muy delicado. Todos nos quejamos cuando un barrio con carácter pierde su identidad y se llena de cadenas internacionales. Cuando abren otro Starbucks, otro Zara, otro McDonald's donde antes había una cafetería local, una tienda de ropa artesanal, un restaurante de tradición.

Pero también celebramos cuando esas cadenas abren cerca de nosotros. Nos parece "modernización". Nos alegra ver que "el barrio está mejorando". Nos gusta la comodidad de tener lo mismo que en cualquier ciudad del mundo.

Ambas cosas no pueden ser verdad al mismo tiempo. Si celebramos las cadenas, estamos aplaudiendo la pérdida de identidad. Y las cadenas se comen a los comercios locales muy rápido, porque tienen infraestructura, marketing y capital que ningún negocio de barrio puede igualar.

Elegir dónde consumir es también elegir qué ciudad queremos. Cada café en el local independiente es un voto por la diversidad urbana. Cada compra en la cadena internacional es un voto por la homogeneidad global. No hay decisiones neutras.


Qué podemos hacer con esto

Este artículo no busca hacer sentir culpable a nadie. Busca hacer visible una tensión real. Y una vez que la vemos, podemos empezar a tomar decisiones distintas, aunque sea de a poco.

Algunas ideas prácticas:

Camina la ciudad más de lo que lo haces ahora. Aunque sean pequeñas caminatas, aunque sean solo tramos. Cada paso cuenta.

Frecuenta comercios locales cuando puedas. Un café en la tienda del barrio en lugar de la cadena. Un pan en la panadería tradicional. Una compra en el mercado en lugar del supermercado. No siempre es posible, pero cuando lo es, cambia mucho.

Ve al parque más cercano. Aunque sea a sentarte. Con el libro, con el café, con nada.

Cruza la calle. Habla con vecinos. Ve a las asambleas del barrio. Involúcrate.

Cuando puedas elegir dónde vivir, prioriza cercanía. Aunque signifique menos metros cuadrados. Los años que ahorras en tráfico son de verdad tuyos.

Cuando puedas votar, mira las propuestas de política urbana. Vota por candidatos que prioricen transporte público, peatonalización, vivienda asequible, no solo autopistas y parqueaderos.

Cuando puedas defender espacio público en tu propia cuadra, en tu edificio, en tu conjunto, hazlo. Cada pequeño gesto suma.


Conclusión

Las ciudades no son fenómenos naturales. Son decisiones. Grandes decisiones de política pública. Y también decisiones pequeñas, individuales, cotidianas. Todas suman.

Y muchas veces, sin darnos cuenta, con nuestras decisiones vamos construyendo exactamente la ciudad que después decimos no querer. Ciudades hostiles, vacías, aisladas, homogéneas. Ciudades donde nadie se conoce, donde nadie camina, donde nadie va a los parques, donde todo el comercio es cadena internacional, donde los niños no juegan afuera.

La buena noticia es que también podemos construir la ciudad contraria. La ciudad viva, caminable, diversa, comunitaria. Pero eso requiere alinear lo que decimos querer con lo que hacemos todos los días. No de manera perfecta ni radical, pero sí de manera consciente.

La próxima vez que digas que te gustaría vivir en una ciudad más humana, pregúntate qué decisiones cotidianas están construyendo esa ciudad, y cuáles la están saboteando. Es una pregunta incómoda, pero necesaria. Y la respuesta, casi siempre, empieza en la puerta de nuestra casa.

Si este ejercicio de mirar las decisiones cotidianas te resonó, hay dos artículos que se conectan directamente con este. Uno explica por qué algunos parques se llenan solos y otros están vacíos aunque estén bien mantenidos: por qué algunos parques funcionan y otros no, con el caso Dolores Park de San Francisco, donde se ven los principios de espacio público que sí funcionan. El otro es un catálogo de intervenciones pequeñas que han transformado ciudades enteras: la acupuntura urbana y diez ejemplos reales de intervenciones invisibles que cambiaron ciudades enteras, la contracara constructiva de este artículo.


Referencias

  • Jacobs, J. (1961). The Death and Life of Great American Cities. Random House, Nueva York. Texto fundamental sobre vida urbana, seguridad callejera y comercio de barrio.
  • Gehl, J. (2010). Cities for People. Island Press, Washington D. C. Referencia sobre diseño urbano a escala humana.
  • Speck, J. (2012). Walkable City: How Downtown Can Save America, One Step at a Time. Farrar, Straus and Giroux, Nueva York. Sobre los principios de la ciudad caminable y su impacto en la calidad de vida.
  • Montgomery, C. (2013). Happy City: Transforming Our Lives Through Urban Design. Farrar, Straus and Giroux, Nueva York. Urbanismo, felicidad y bienestar colectivo.
  • Sennett, R. (2018). Construir y habitar: Ética para la ciudad. Anagrama, Barcelona. Sobre las relaciones entre diseño urbano y vida social.
  • Whyte, W. H. (1980). The Social Life of Small Urban Spaces. Project for Public Spaces, Nueva York. Investigación pionera sobre uso real de plazas y espacios públicos.
  • Kaplan, R. y Kaplan, S. (1989). The Experience of Nature: A Psychological Perspective. Cambridge University Press, Cambridge. Base científica sobre bienestar y presencia de naturaleza en la vida urbana.
  • Documentación sobre políticas de calmado de tráfico y peatonalización en Pontevedra (España), Copenhague (Dinamarca), Groninga (Países Bajos) y experiencias colombianas.

Contenido creado por ArquiSara con fines de divulgación y educación arquitectónica. Un regalo de @arquisaraarquisara.com

Contenido relacionado