Hay una escena que se repite todos los días, en todos los continentes, en todas las ciudades del mundo. Un centro comercial, un estadio, un teatro, un aeropuerto, un cine, un bar. Una pareja necesita ir al baño al mismo tiempo. Los dos entran a sus respectivos baños. Él sale a los dos minutos. Ella sale veinte minutos después. Él la espera afuera, tal vez impaciente, mirando el celular. Ella sale disculpándose, aunque no ha hecho nada distinto, ni ha tardado más adentro, ni le ha pasado nada raro. Simplemente había una fila enorme en el baño de mujeres. Como siempre.
Esta escena es tan cotidiana, tan universal, tan repetida, que la mayoría de las personas la aceptamos como parte natural de la vida pública. Damos por hecho que las mujeres nos demoramos más. Que es lo que hay. Que no se puede hacer nada. Que así es la biología. Pero la realidad es otra. No es biología. Es arquitectura. Y la arquitectura, a diferencia de la biología, se puede cambiar.
En este artículo quiero profundizar en un tema que en países como España y Canadá se discute con seriedad desde hace más de una década, pero que en Colombia y en la mayoría de América Latina sigue siendo casi invisible. El fenómeno se llama, en la literatura arquitectónica anglosajona, Potty Parity Problem, que se puede traducir como problema de paridad sanitaria. Es la constatación técnica de que los baños públicos, tal como se diseñan hoy en día en la mayoría del mundo, generan una desigualdad medible entre hombres y mujeres. Y esa desigualdad no es un accidente. Es el resultado directo de decisiones arquitectónicas específicas que se pueden analizar, cuestionar y corregir.
Este es el primer artículo de una serie de cinco que voy a publicar bajo el nombre Dos personas, un espacio. La serie explora cómo la arquitectura y el urbanismo determinan que dos personas vivan la misma situación cotidiana de maneras completamente distintas. Empezamos con el baño porque es el ejemplo más universal, el más visible y probablemente el que mejor ilustra el principio central de toda la serie. La arquitectura nunca es neutral. Es el mismo enfoque que apliqué recientemente al analizar por qué el 80% de los patios escolares del mundo están diseñados para los niños y no para las niñas, donde el diseño del recreo escolar produce desigualdades espaciales de género medibles durante seis años de primaria.
Qué es el Potty Parity Problem
Empecemos por el concepto central. El Potty Parity Problem, o problema de paridad sanitaria, es el término técnico que la arquitectura anglosajona ha adoptado para nombrar el fenómeno de la desigualdad estructural en el acceso a baños públicos entre hombres y mujeres. La palabra parity, en inglés, significa paridad, equivalencia numérica. La expresión describe exactamente lo que denuncia. La ausencia de paridad real en el acceso a servicios sanitarios cuando comparamos hombres y mujeres.
El concepto se popularizó especialmente a partir del trabajo de la escritora y periodista canadiense Lezlie Lowe, quien en 2018 publicó el libro No place to go: how public toilets fail our private needs, que se puede traducir como Ningún lugar donde ir: cómo los baños públicos fallan a nuestras necesidades privadas. Lowe hizo una investigación exhaustiva sobre la historia del diseño de baños públicos, sus consecuencias sobre distintos grupos sociales y las propuestas contemporáneas para transformarlos. Su libro es hoy referencia obligada en cualquier discusión sobre arquitectura de baños con perspectiva de género.
La propuesta técnica que resume el debate es simple. La proporción actual estándar en la mayoría de los códigos de construcción del mundo es de 1:1. Es decir, un baño de hombres por cada baño de mujeres, con dimensiones iguales o casi iguales, o incluso el mismo número de fixtures o piezas sanitarias en cada uno. Y esa proporción, según demuestran múltiples estudios técnicos, es la causa directa del problema. La proporción que debería aplicarse, según las autoras especializadas, es de 2:1 o incluso 3:1 a favor de las mujeres. Es decir, el doble o el triple de cabinas en el baño de mujeres comparado con el de hombres.
Esta propuesta puede sonar excesiva a primera oída. Pero cuando se analizan las razones técnicas del problema, se entiende que no es una demanda desproporcionada, es una simple corrección proporcional a las diferencias reales de uso.
Las cinco razones concretas del problema
Vamos ahora a las razones específicas. Porque no basta con decir que hay una desigualdad. Hay que explicar por qué. Y las razones son concretas, no ideológicas.
Razón uno: la ventaja espacial de los orinales. Los baños de hombres combinan cabinas cerradas con orinales murales. Los orinales ocupan mucho menos espacio que las cabinas. Un orinal necesita aproximadamente 60 centímetros de ancho por menos de un metro de fondo. Una cabina completa necesita al menos 80 centímetros de ancho por 1,20 metros de fondo. En la misma superficie donde caben 4 cabinas, pueden caber 8 orinales. Esto significa que, aunque los baños de hombres y mujeres tengan la misma superficie total, el baño de hombres tiene sistemáticamente más puestos disponibles de uso simultáneo. Y como el tiempo promedio de uso de un orinal es también menor que el de una cabina, la rotación es mucho más rápida. Este es probablemente el factor más importante desde el punto de vista puramente arquitectónico.
Razón dos: el uso obligatorio de cabinas cerradas. Las mujeres, para todas sus necesidades sanitarias, requieren siempre una cabina cerrada. No pueden usar orinales. Esto implica varios factores que aumentan el tiempo de uso comparado con un hombre en un orinal. Cerrar la puerta con seguro. Ubicarse. Manejar la ropa (que en las mujeres suele ser más compleja: vestidos, faldas, pantalones ajustados, medias, ropa interior). Sentarse. Levantarse. Vestirse de nuevo. Abrir la puerta. Todo eso suma tiempo que un hombre en un orinal simplemente no gasta. Estudios técnicos han medido que el tiempo promedio de uso de una cabina por parte de una mujer es aproximadamente el doble del tiempo promedio de uso de un orinal por parte de un hombre.
Razón tres: el cuidado de otras personas. Las mujeres, en la mayoría de las sociedades del mundo, siguen siendo las responsables principales del cuidado de otras personas. Cuando una familia sale al espacio público (a un centro comercial, a un aeropuerto, a un evento), muy frecuentemente es la mujer quien lleva al baño a los niños pequeños, a los adultos mayores dependientes, a las personas con discapacidad. Esto significa que cada visita al baño de mujeres tiene mucha mayor probabilidad de ser una visita en compañía que una visita individual. Y una visita con niño pequeño toma sistemáticamente el doble o el triple de tiempo que una visita individual. En cambio, en los baños de hombres, la asunción histórica es que quien entra es un adulto autónomo.
Razón cuatro: el manejo de la menstruación. Este es un factor específico y poco discutido, pero muy real. Las mujeres en edad menstrual dedican una parte de sus visitas al baño al manejo específico de la menstruación. Cambio de toalla, tampón o copa. Manejo higiénico. Uso adicional de papel. Estas necesidades implican tiempo, movimientos específicos y a veces la necesidad de acceso a papeleras específicas o dispensadores especializados. Los baños de hombres no tienen que resolver ninguna de estas necesidades. Ningún cálculo estándar de "tiempo promedio" incorpora al diseño los pasos adicionales que implica la menstruación.
Razón cinco: la asignación desigual del espacio femenino. Hay una razón adicional, especialmente perversa. En muchos baños de mujeres el espacio total útil se reduce aún más porque se le asignan al espacio femenino usos que deberían ser mixtos o compartidos. El más obvio es el cambiador de bebé. Todos los baños de mujeres tienen cambiador. Muy pocos baños de hombres los tienen. La razón cultural es evidente. Se asume que el cambio de pañal es responsabilidad femenina. Pero eso significa que el espacio del baño de mujeres, que ya es insuficiente en cabinas, se reduce aún más por cuenta de esta asignación desigual. Otros elementos que suelen ocupar espacio en el baño de mujeres pero no en el de hombres incluyen espejos grandes de cuerpo completo, dispensadores de productos de higiene femenina, sofás decorativos y en algunos casos hasta zonas de tocador con sillas. Todo ocupa metros cuadrados que podrían destinarse a más cabinas.
El origen histórico del problema
¿Cómo llegamos a este diseño estándar? La respuesta está en la historia de la arquitectura pública del siglo XIX y XX.
Cuando se empezaron a construir los primeros baños públicos en las grandes ciudades europeas y norteamericanas, a mediados del siglo XIX, las mujeres prácticamente no participaban de la vida pública. Las mujeres de clase media y alta no iban solas a cafés, a teatros, a estaciones de tren. Las mujeres trabajadoras existían, pero no eran a quienes iban dirigidos los espacios públicos formales. Los baños públicos, en consecuencia, se diseñaron para hombres. Muchas veces ni siquiera había baños de mujeres.
A medida que las mujeres fueron ocupando el espacio público a lo largo del siglo XX (por educación, por trabajo remunerado, por consumo), los baños públicos se fueron adaptando. Pero la adaptación fue mayormente aritmética. Se tomaba el espacio existente para hombres y se le partía a la mitad. Se le pusieron cabinas donde antes había orinales. Se le puso un símbolo femenino en la puerta. Y listo. Nadie hizo el cálculo real de si esa mitad respondía a las necesidades reales de uso femenino.
El resultado es que la arquitectura sanitaria sigue reproduciendo, hasta el día de hoy, una concepción del espacio público que asume el cuerpo masculino como medida universal. Los códigos de construcción de la mayoría de los países del mundo, incluyendo Colombia, siguen exigiendo dimensiones y proporciones que reflejan esa asunción histórica. Y las nuevas construcciones, en su gran mayoría, siguen replicando el modelo sin cuestionarlo. Esto conecta directamente con historias como la de Luz Amorocho, la primera arquitecta de Colombia que muy pocos colombianos conocen: mientras la profesión estuvo dominada casi exclusivamente por hombres durante décadas, las decisiones arquitectónicas que afectaban a mujeres se tomaban sin ellas en la mesa. Recuperar esas voces y ese diseño hoy es también parte del trabajo pendiente.
Las propuestas contemporáneas
Ante este diagnóstico, la arquitectura contemporánea ha desarrollado varias propuestas de solución. Vamos a repasarlas.
Propuesta uno: la paridad proporcional (2:1 o 3:1). Es la propuesta más ampliamente respaldada por la investigación académica. Consiste en modificar los códigos de construcción para exigir que los baños públicos tengan una proporción de dos o tres cabinas de mujeres por cada cabina o puesto de hombre. Ciudades como Nueva York, Chicago, San Francisco y ciertos estados norteamericanos han empezado a incorporar leyes de este tipo, conocidas en la literatura anglosajona como potty parity laws. En España y en América Latina, todavía no existen leyes similares implementadas ampliamente.
Propuesta dos: los baños unisex individuales. Una propuesta más radical es eliminar la división por género y reemplazar los baños tradicionales por bloques de cabinas individuales unisex, cada una con puerta hasta el piso, lavamanos incluido, autónomas. Esta propuesta elimina completamente el problema de la fila diferenciada porque todos usan las mismas cabinas. Además tiene la ventaja de ser más inclusiva para personas no binarias, personas trans, familias con hijos de distinto género que las acompañan, y personas con discapacidad que necesitan ayuda de un cuidador de otro género. Esta propuesta ha ganado mucho terreno en las últimas décadas, especialmente en edificios de alta gama, en universidades y en algunos espacios públicos progresistas. Sin embargo, tiene sus críticas. Algunas mujeres argumentan que compartir el espacio con hombres desconocidos genera sensación de inseguridad. El debate sigue abierto.
Propuesta tres: el rediseño por función, no por género. Una tercera propuesta es diseñar los baños públicos separándolos por función y no por género. Es decir, tener un espacio con orinales (para quien necesite un orinal), un espacio con cabinas cerradas de tamaño estándar, y un espacio con cabinas más grandes para cuidadores con niños, personas con discapacidad, o personas que necesitan más privacidad y tiempo. Esta propuesta rompe totalmente con la lógica binaria y responde directamente a las diferencias reales de uso.
Propuesta cuatro: incorporar el cambio de pañal en baños de hombres. Independiente de las propuestas anteriores, hay una intervención sencilla y de bajo costo que puede aplicarse desde ya. Instalar cambiadores de bebé también en los baños de hombres. Esto redistribuye la responsabilidad de cuidado infantil, libera espacio en los baños de mujeres, y comunica un mensaje social importante sobre paternidad activa. Muchos aeropuertos y centros comerciales de nueva construcción ya lo hacen. Sigue siendo la excepción, no la regla. Es exactamente el tipo de decisión concreta que argumenté en detalle en el artículo sobre en qué sí vale la pena invertir cuando gobiernas una ciudad: pequeñas intervenciones de bajo costo pueden generar cambios sostenidos en el uso del espacio público durante décadas.
Por qué esto es un ejemplo más grande
Y aquí es donde el argumento se vuelve más grande que el baño mismo. Porque el Potty Parity Problem es un caso perfecto para ilustrar un principio arquitectónico y urbanístico mucho más amplio. La arquitectura nunca es neutral. Y muchas veces reproduce sin querer las desigualdades de la sociedad que la produjo.
Cuando decimos que un diseño es neutral, muchas veces lo que estamos diciendo es que fue pensado para un cuerpo estándar. Y ese cuerpo estándar, casi siempre, es un cuerpo masculino, adulto, sano, sin discapacidades, sin responsabilidades de cuidado, sin necesidades específicas relacionadas con la menstruación, el embarazo o la crianza. Todo lo que se desvíe de ese cuerpo estándar recibe un trato peor por parte de la arquitectura.
Esto no aplica solo a los baños. Aplica al tamaño de los asientos de los buses (diseñados para hombres promedio, incómodos para embarazadas, personas gordas, adultos mayores). A la altura de las manijas de las puertas (diseñadas para adultos estándar, difíciles para niños y personas de baja estatura). A los tiempos de los semáforos (diseñados para peatones promedio, imposibles para adultos mayores con bastón). A las medidas de los escritorios y las sillas de trabajo (diseñadas para cuerpos masculinos promedio, incómodas para mujeres, y sobre todo para mujeres embarazadas). Al diámetro de las herramientas de trabajo. A la temperatura de los aires acondicionados de las oficinas (calibrada históricamente para el metabolismo masculino). A la distribución de los espacios domésticos (diseñados asumiendo que el trabajo doméstico lo hace la mujer). Todo, absolutamente todo el mundo construido, refleja decisiones que priorizan un cuerpo estándar sobre los demás.
La investigadora Caroline Criado-Perez publicó en 2019 un libro titulado Invisible Women: Data Bias in a World Designed for Men, traducido al español como La mujer invisible. En él documenta con centenares de ejemplos empíricos cómo el mundo está diseñado para hombres. Los baños son solo la punta del iceberg. Debajo hay un continente entero de decisiones arquitectónicas y de diseño que sistemáticamente perjudican a las mujeres y a todas las personas que no calzan con el cuerpo estándar del hombre adulto sano. Es exactamente el mismo marco de análisis con el que en otro artículo demostré por qué la escala humana no es asunto técnico sino decisión política con ganadores y perdedores concretos en cada decisión urbanística.
Reflexión final
Termino con una reflexión personal. La próxima vez que veas una fila enorme en el baño de mujeres y una puerta que se abre y se cierra rápido en el de hombres, no lo pienses como algo natural. No es natural. No es la biología. No es la mala suerte. Es el resultado directo de decisiones arquitectónicas específicas tomadas hace décadas o siglos, y replicadas hasta hoy sin cuestionamiento por códigos de construcción que asumen un cuerpo estándar que no corresponde a la realidad diversa de quienes habitamos el mundo.
Y la buena noticia es que la arquitectura, a diferencia de la biología, se puede cambiar. Cambiar los códigos de construcción para exigir proporciones de dos a uno o tres a uno en baños públicos es una decisión política y arquitectónica que se puede tomar. Rediseñar los espacios existentes para incluir cambiadores de bebé en baños de hombres es una intervención de bajo costo que se puede implementar mañana. Adoptar el modelo de cabinas individuales unisex es una alternativa técnicamente viable que ya se está implementando en muchos edificios del mundo.
Lo que falta no es conocimiento. Ese existe hace décadas. Lo que falta es voluntad de arquitectos, funcionarios públicos, inversionistas privados y usuarios de espacios públicos para exigir que las cosas cambien. Y ese cambio empieza con hacer visible el problema. Con dejar de aceptarlo como natural. Con nombrarlo, discutirlo, comentarlo, y exigir que se resuelva.
Espero que este primer artículo de la serie Dos personas, un espacio contribuya a esa visibilización. En las próximas semanas vamos a explorar más ejemplos de cómo la arquitectura y el urbanismo determinan la vida cotidiana de personas distintas de maneras completamente distintas, aunque estén en el mismo espacio. Cruzar la calle. Llegar a un edificio. Trabajar desde casa. Entrar a un apartamento en un edificio de vivienda de interés social. Cada entrega va a mostrar el mismo principio central. La arquitectura nunca es neutral. Y hacerla más justa es una decisión que podemos tomar.
Gracias por acompañarme en esta serie.
Si quieres seguir con dos lecturas cercanas de este ensayo, hay un texto dedicado a por qué las mejores ideas urbanas siempre empezaron sonando a imposibles y por qué la ciudadanía informada es la fuerza que transforma ciudades, que enmarca el mismo argumento del baño en el debate general sobre cambio urbano. Y otro sobre Ciudades para la gente de Jan Gehl, el marco teórico del urbanismo humanista contemporáneo donde se inscriben todas estas conversaciones sobre cuerpo, espacio y equidad.
Referencias
Fuentes académicas y libros
Lowe, L. (2018). No place to go: how public toilets fail our private needs. Coach House Books, Toronto. [Referencia principal sobre el Potty Parity Problem.] Criado-Perez, C. (2019). Invisible Women: Data Bias in a World Designed for Men. Abrams Press, Nueva York. Traducido al español como La mujer invisible. [Referencia sobre sesgo de género en el diseño del mundo construido.] Cevedio, M. (2003). Arquitectura y género: espacio público, espacio privado. Icaria Editorial, Barcelona.
Investigaciones y publicaciones especializadas
Universidad Abierta y a Distancia (UAPA - UNAM). Criterios de diseño arquitectónico con perspectiva de género para baños públicos. Pltfrma. Por qué siempre hay fila en el baño de mujeres, analizando el Potty Parity Problem y la importancia de diseñar con perspectiva de género. Mediclinics. ¿Son los baños públicos igualitarios? Propuestas técnicas de proporción 2:1 y 3:1. Revista Fucsia. Baños para mujeres e igualdad de género. Análisis técnico de la desigualdad de diseño.
Ejemplos de políticas públicas
Ordenanzas de potty parity en Nueva York, Chicago, San Francisco y ciertos estados norteamericanos que exigen proporciones desiguales a favor de mujeres en baños públicos. Debates contemporáneos sobre implementación de baños unisex individuales en universidades, edificios corporativos y espacios culturales.
Nota: este artículo es el primero de la serie Dos personas, un espacio, publicada en la bitácora de Arquisara con la intención de visibilizar cómo la arquitectura y el urbanismo determinan la vida cotidiana de personas distintas de maneras completamente distintas, aunque estén en el mismo espacio. Todos los datos técnicos, referencias académicas y propuestas de solución han sido verificados con múltiples fuentes autorizadas, especialmente con el trabajo pionero de la escritora canadiense Lezlie Lowe y con la investigación académica anglosajona sobre potty parity de las últimas dos décadas. Este texto está escrito con la convicción de que hacer visible las desigualdades estructurales que produce el diseño arquitectónico es el primer paso indispensable para transformarlas, y con la esperanza de contribuir a que en Colombia empecemos a discutir estos temas con la seriedad que merecen.



