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Las Torres del Parque: el edificio de ladrillo que cambió la arquitectura colombiana

La historia de las Torres del Parque de Rogelio Salmona en Bogotá: ladrillo, curva, contexto y la obra residencial más importante del siglo XX en Colombia.

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Las Torres del Parque: el edificio de ladrillo que cambió la arquitectura colombiana

En 1970, cuando Bogotá miraba hacia Europa y Estados Unidos buscando inspiración para sus edificios nuevos, un arquitecto que había estudiado en París con Le Corbusier volvió a mirar hacia adentro. Hacia el ladrillo. Hacia la curva. Hacia la ciudad.

El resultado fue un conjunto de tres torres de vivienda en el barrio La Macarena que hoy son consideradas la obra de arquitectura residencial más importante del siglo XX en Colombia. Se llaman las Torres del Parque. Y detrás de cada una de sus decisiones de diseño hay una historia que vale la pena contar.


El arquitecto que aprendió a desobedecer

Rogelio Salmona nació en París en 1927, hijo de padres españoles que habían emigrado a Francia. Llegó a Colombia de niño y se formó en Bogotá, donde estudió arquitectura en la Universidad Nacional. En 1948 viajó a París y entró al atelier de Le Corbusier, donde trabajaría durante casi diez años junto a figuras que más tarde se convertirían en nombres centrales de la arquitectura mundial.

Esos años en París fueron formativos en un sentido que Salmona no anticipaba: le enseñaron lo que no quería hacer. No es que Le Corbusier fuera un mal maestro — era el maestro más influyente de su generación. Pero Salmona llegó a la conclusión de que los principios universales que Le Corbusier proponía — la planta libre, el pilotis, la fachada de vidrio, la cubierta jardín — eran herramientas válidas para Europa pero insuficientes para Colombia. Le faltaba algo que ninguna teoría podía darle: el arraigo.

No se puede hacer arquitectura sin conocer profundamente el lugar donde uno construye. La arquitectura que ignora su contexto geográfico, histórico y cultural es solo ingeniería disfrazada.

Rogelio Salmona

Cuando regresó a Colombia a finales de los años 50, Salmona traía consigo algo más valioso que las fórmulas del maestro: la capacidad de mirar su propio país con ojos nuevos. Y lo que vio fue un material que llevaba siglos siendo usado por los constructores colombianos, que respondía perfectamente al clima bogotano, que absorbía y irradiaba el calor de una manera que ningún material importado podía replicar. Vio el ladrillo.


El ladrillo como declaración filosófica

En la Colombia de los años 60, elegir el ladrillo para un edificio de vivienda de calidad no era una decisión neutral. Era una declaración. El ladrillo era el material de las casas populares, de los barrios obreros, de lo que se construía cuando no había dinero para otra cosa. El material de prestigio era el concreto, el vidrio, el acero — los materiales que Europa había consagrado como modernos.

Salmona eligió el ladrillo precisamente por eso. Porque creía que la modernidad no tenía que ser importada, que podía nacer de los materiales y las tradiciones propias. Y porque el ladrillo, bien trabajado, producía efectos que ningún muro de concreto podía lograr: una superficie que cambia de color con la luz, que crea sombras propias según cómo se orienta cada pieza, que envejece con dignidad.

En las Torres del Parque, el ladrillo no es simplemente el material de los muros. Es el tema del edificio. Cada pieza fue colocada con una orientación específica para que la luz rasante del sol bogotano creara texturas distintas durante el día. A primera hora de la mañana, la fachada tiene una presencia cálida y casi táctil. Al mediodía, la luz dura aplana la superficie. A la tarde, las sombras largas de cada ladrillo vuelven a activar la textura. El edificio es literalmente distinto según la hora.


Por qué el edificio es curvo

Las Torres del Parque se construyeron en un lote adyacente a la Plaza de Toros La Santamaría, en el borde entre el barrio La Macarena y el Parque de la Independencia. Era un terreno difícil — irregular, con cambios de nivel, limitado por preexistencias urbanas importantes en dos de sus costados.

La mayoría de los arquitectos de la época habrían resuelto el problema de la manera más obvia: ignorar las preexistencias y construir un volumen recto que maximizara el área construida. Salmona tomó la decisión contraria. En lugar de ignorar la Plaza de Toros, la incorporó como elemento generador del proyecto. La curva de las torres replica la curva del ruedo taurino que tienen al lado.

Esta decisión tiene consecuencias que van mucho más allá de lo estético. La planta curva hace que ningún apartamento dé directamente a otro — no hay dos ventanas enfrentadas. Cada unidad tiene vistas propias: unas hacia el parque, otras hacia la plaza, otras hacia la montaña. La curva produce privacidad sin muros y variedad sin caos.

Pero la decisión más importante que tomó Salmona no fue la curva sino lo que puso — o más precisamente, lo que no puso — en la planta baja. En un momento en que los edificios de vivienda de Bogotá se cerraban al espacio público con rejas, muros y jardines privados, Salmona dejó la planta baja completamente abierta. La ciudad podía entrar. El espacio entre las torres no era de los residentes — era de todos.

La arquitectura tiene que devolver a la ciudad más de lo que le quita.

Rogelio Salmona

La relación con el parque y la montaña

Una de las obsesiones de Salmona en toda su obra fue la relación entre el edificio y el paisaje natural. En Bogotá, ese paisaje tiene un protagonista inevitable: los cerros orientales, la cadena montañosa que define el borde este de la ciudad y que desde cualquier punto cardinal actúa como referencia visual y geográfica.

En las Torres del Parque, Salmona orientó los edificios para que la mayoría de los apartamentos tuvieran vista directa a los cerros. Luchó con los promotores para que ninguna decisión económica — maximizar unidades, reducir pasillos, aumentar pisos — comprometiera esa relación visual. Para él, una vivienda en Bogotá que no pudiera ver los cerros había perdido algo fundamental de lo que significaba vivir en Bogotá.

El Parque de la Independencia, que bordea el conjunto por el norte, fue igualmente determinante. Salmona diseñó los accesos, los recorridos y los espacios comunes de las torres para que la relación con el parque fuera continua — no un telón de fondo sino una extensión del espacio habitable. Los residentes no viven junto al parque: viven con el parque.


Lo que significó en su momento

Cuando las Torres del Parque se inauguraron en 1970, la reacción fue dividida. Entre los arquitectos colombianos hubo reconocimiento inmediato — era imposible no ver la calidad de lo que Salmona había hecho. Pero también hubo resistencia. El ladrillo incomodaba. La curva incomodaba. La apertura de la planta baja al espacio público incomodaba.

Parte de esa incomodidad venía de un prejuicio que Salmona pasó toda su carrera combatiendo: la idea de que la arquitectura latinoamericana de calidad tenía que parecerse a la arquitectura europea. Que lo local era sinónimo de provinciano. Que usar materiales y referencias propias era una limitación y no una elección.

Las Torres del Parque demostraron que esa idea era falsa. Y lo demostraron no con argumentos teóricos sino con un edificio que cincuenta años después sigue siendo extraordinario — que sigue siendo habitado con gusto, que sigue siendo fotografiado por estudiantes de arquitectura de todo el mundo, que sigue siendo el punto de referencia inevitable cuando se habla de vivienda de calidad en Colombia.


El Premio Alvar Aalto y el reconocimiento tardío

El reconocimiento internacional de Salmona llegó tarde, como suele ocurrir con los arquitectos que trabajan desde la periferia del sistema global de premiación arquitectónica. En 2003, con más de setenta años y una carrera que llevaba cinco décadas activa, Salmona recibió el Premio Alvar Aalto — uno de los reconocimientos más importantes de la arquitectura nórdica y uno de los pocos premios internacionales que en ese momento prestaba atención a la arquitectura latinoamericana.

El jurado del premio reconoció en Salmona exactamente lo que sus contemporáneos colombianos habían visto desde el principio: una arquitectura que surgía de un lugar específico, que respondía a un clima específico, que usaba materiales específicos, y que sin embargo producía espacios de una calidad universal. Una arquitectura que era profundamente colombiana y al mismo tiempo completamente moderna.

Fuera de ese premio y del Premio Nacional de Arquitectura que recibió en varias ocasiones en Colombia, Salmona nunca fue reconocido con los grandes premios internacionales — el Pritzker, el RIBA Royal Gold Medal, el AIA Gold Medal. No fue una injusticia excepcional: es el destino habitual de los arquitectos que trabajan en países que el sistema internacional de premiación arquitectónica considera periféricos.

Salmona es el más aaltoniano de los arquitectos latinoamericanos: comparte con Aalto la capacidad de hacer arquitectura profundamente moderna sin renunciar al lugar, a los materiales propios, a la memoria.

Kenneth Framptoncrítico e historiador de arquitectura

Más allá de las Torres del Parque

Las Torres del Parque son la obra más conocida de Salmona, pero no son la única. A lo largo de cincuenta años de carrera activa desarrolló un lenguaje arquitectónico coherente y reconocible que aplicó en escalas y programas muy distintos: residencias privadas, conjuntos de vivienda, embajadas, bibliotecas, museos, campus universitarios.

El Archivo General de la Nación en Bogotá, terminado en 1992, es quizás su obra institucional más lograda. Un edificio que resuelve el programa de archivo — que requiere espacios oscuros, controlados climáticamente y sin ventanas — sin renunciar a la luz, al agua y a los jardines que caracterizan toda su obra. Los patios interiores llevan la luz al corazón del edificio sin comprometer las condiciones técnicas de conservación de los documentos.

La Biblioteca Virgilio Barco, inaugurada en 2001, es su última obra mayor y quizás la más generosa en términos de espacio público. Un edificio que se abre completamente al parque que lo rodea, donde los límites entre el interior y el exterior son deliberadamente ambiguos, donde la arquitectura parece retirarse para dejar que el jardín sea el protagonista.


El agua como material

Hay un elemento que aparece en casi todas las obras de Salmona y que se convirtió en su firma más reconocible: el agua. Canales, estanques, fuentes, espejos de agua — el agua aparece siempre en sus proyectos no como decoración sino como material arquitectónico con una función específica.

En el clima bogotano, donde la temperatura es fresca y la humedad es alta, el agua tiene un efecto microclimático importante: regula la temperatura, aumenta la humedad relativa del aire, genera sonido que enmascara el ruido urbano. Pero para Salmona tenía también una función simbólica: el agua conecta el edificio con el ciclo natural, con la lluvia que cae sobre los cerros, con los ríos que cruzan la sabana. Es una manera de recordarle al habitante que el edificio existe en un paisaje más amplio que sus propios muros.


Lo que dejó

Rogelio Salmona murió en Bogotá en 2007, a los ochenta años, mientras trabajaba en varios proyectos simultáneos. Dejó una obra que abarca más de cincuenta años de práctica continua y que en su conjunto representa el argumento más sólido que existe de que es posible hacer arquitectura de calidad mundial desde Colombia, con materiales colombianos, para la ciudad colombiana.

Lo que dejó no es solo un conjunto de edificios extraordinarios. Es una manera de pensar la arquitectura que todavía influye en las generaciones de arquitectos colombianos que se formaron viendo su trabajo. La pregunta que Salmona se hacía antes de cada proyecto — ¿cómo pertenece este edificio a este lugar? — sigue siendo la pregunta más importante que un arquitecto puede hacerse.

Las Torres del Parque siguen en pie. El ladrillo ha envejecido con la dignidad que Salmona anticipaba. Los patios siguen siendo públicos. La curva sigue abrazando la plaza de toros. Y los cerros orientales siguen siendo visibles desde cada apartamento, exactamente como Salmona insistió en que debían serlo.

Cincuenta años después, el edificio sigue haciendo exactamente lo que fue diseñado para hacer. Eso, en arquitectura, es la definición de una obra maestra.


Referencias y lecturas recomendadas

Sobre Rogelio Salmona y su obra

  • Arango, S. (1989). Historia de la arquitectura en Colombia. Universidad Nacional de Colombia, Bogotá.
  • Téllez, G. (1991). Rogelio Salmona: Arquitectura y poética del lugar. Escala, Bogotá.
  • Saldarriaga Roa, A. (2000). La arquitectura como experiencia. Villegas Editores, Bogotá.
  • Frampton, K. (2003). Presentación del Premio Alvar Aalto a Rogelio Salmona. Fundación Alvar Aalto, Helsinki.
  • Mondragón, H. (2003). Rogelio Salmona: una arquitectura de la memoria y el lugar. Revista de Arquitectura Universidad de los Andes, Bogotá.
  • Salmona, R. (1995). La arquitectura como forma de conocimiento. Conferencia magistral, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá. Transcripción publicada en Revista Proa, número 437.
  • Fundación Rogelio Salmona (2008). Rogelio Salmona: espacios abiertos, espacios colectivos. Ministerio de Cultura de Colombia, Bogotá.
  • Llanos, M. (2007). Rogelio Salmona o la geografía del deseo. El Malpensante, número 82, Bogotá.

Sobre arquitectura colombiana y latinoamericana

  • Niño Murcia, C. (1991). Arquitectura y Estado. Universidad Nacional de Colombia, Bogotá.
  • Martínez, C. (1963). Arquitectura en Colombia. Ediciones Proa, Bogotá.
  • Fraser, V. (2000). Building the New World: Studies in the Modern Architecture of Latin America 1930-1960. Verso, Londres.
  • Bullrich, F. (1969). New Directions in Latin American Architecture. George Braziller, Nueva York.
  • Segawa, H. (1997). Architecture of Brazil: 1900-1990. Springer, Nueva York.
  • Curtis, W. J. R. (1996). Modern Architecture Since 1900. Phaidon, Londres. [Tercera edición, incluye contexto latinoamericano]

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