En 1900, el presidente mexicano Porfirio Díaz tenía un proyecto claro: demostrar al mundo que México era un país moderno, civilizado y capaz de construir edificios que compitieran con los mejores de Europa. Para eso necesitaba un gran teatro nacional, una obra que fuera el símbolo cultural de su régimen y de su visión del país. Encargó el proyecto al arquitecto italiano Adamo Boari, y lo que resultó de ese encargo fue uno de los edificios más extraordinarios y más accidentados de la historia de la arquitectura latinoamericana.
El Palacio de Bellas Artes tardó 34 años en construirse. Comenzó en 1904 y se inauguró en 1934. En ese tiempo hubo una revolución que derrocó al presidente que lo encargó, dos arquitectos que trabajaron en épocas distintas con estilos distintos, y un problema geológico que nadie había anticipado y que todavía hoy no tiene solución definitiva. El edificio se está hundiendo, y lleva haciéndolo desde el primer día.
Adamo Boari y el art nouveau mexicano
Adamo Boari nació en Ferrara, Italia, en 1863. Estudió arquitectura en Florencia y desarrolló una carrera internacional que lo llevó a trabajar en Estados Unidos, Australia y varios países de América Latina antes de llegar a México. Cuando Díaz le encargó el teatro nacional, Boari tenía 37 años y una visión muy clara de lo que quería hacer.
El estilo que eligió fue el art nouveau — el movimiento europeo que en esa época estaba en su momento de mayor influencia internacional. El art nouveau se caracterizaba por las formas orgánicas inspiradas en la naturaleza, las líneas curvas que evitaban los ángulos rectos, la ornamentación exuberante y el uso de materiales modernos como el hierro y el vidrio combinados con técnicas artesanales tradicionales.
Para Boari, el art nouveau tenía también una dimensión simbólica que lo hacía especialmente apropiado para un edificio nacional mexicano: era un estilo que buscaba fusionar el arte con la artesanía, que valoraba las tradiciones locales tanto como las innovaciones técnicas, y que podía incorporar referencias culturales específicas sin convertirse en imitación servil de los modelos europeos.
La fachada que Boari diseñó es una de las más ricas y más elaboradas del art nouveau en América. Las curvas orgánicas de los arcos, las esculturas que representan las distintas artes, los mosaicos de colores que animan las superficies, la combinación de mármol blanco de Carrara con bronce y cerámica — todo forma un conjunto de una densidad visual y simbólica extraordinaria.
He intentado crear una arquitectura que sea universalmente bella pero inconfundiblemente mexicana. Que el mundo reconozca en este edificio no solo la habilidad técnica de sus constructores sino el espíritu de un pueblo que tiene historia y tiene futuro.
El problema del suelo
La Ciudad de México está construida sobre lo que fue el lago de Texcoco, el gran lago del Valle de México que los aztecas drenaron progresivamente desde el siglo XIV. El suelo de la ciudad es una arcilla lacustre extremadamente blanda y compresible que se comporta de manera diferente al suelo rocoso sobre el que se construyen la mayoría de las grandes ciudades del mundo.
Cuando Boari comenzó a cimentar el Palacio de Bellas Artes en 1904, los ingenieros de la época no comprendían completamente las propiedades de este suelo. Usaron un sistema de cimentación que habría funcionado perfectamente en Europa pero que era inadecuado para las condiciones geológicas del Valle de México. El resultado fue inevitable: desde el primer año de construcción, el edificio comenzó a hundirse.
El hundimiento no fue uniforme ni catastrófico — fue lento, gradual y diferencial, afectando distintas partes del edificio de manera distinta. Hoy el Palacio de Bellas Artes se ha hundido aproximadamente cuatro metros respecto al nivel de la calle circundante. Para acceder al edificio hay que bajar escaleras desde la calle, cuando originalmente la entrada estaba al mismo nivel.
Este hundimiento ha tenido consecuencias estructurales y estéticas que los sucesivos equipos de restauración han tenido que manejar con gran cuidado. Las cimentaciones han sido reforzadas en múltiples ocasiones, pero el hundimiento continúa a un ritmo de algunos centímetros por año. Es uno de los problemas de conservación más complejos de cualquier monumento histórico en el mundo.
La revolución interrumpe la obra
En 1910, cuando la construcción del Palacio de Bellas Artes llevaba seis años de avance, estalló la Revolución Mexicana. El régimen de Porfirio Díaz, que había encargado el edificio como símbolo de su poder, colapsó en pocos meses. Díaz huyó al exilio en 1911 y murió en París en 1915.
Adamo Boari, cuyo encargo estaba ligado al régimen porfirista, se encontró de repente en una posición imposible. Siguió trabajando en el edificio durante un tiempo, intentando completar la estructura principal, pero las dificultades económicas y políticas de la revolución hacían casi imposible continuar. En 1916, Boari abandonó México y no regresó. Murió en Roma en 1928, sin haber visto terminado el edificio que había sido el trabajo más importante de su vida.
La obra quedó paralizada durante años. El esqueleto del edificio estaba en pie, la estructura de acero importada de Bélgica estaba instalada, pero la terminación de los interiores, la cúpula y los detalles finales de la fachada estaban pendientes. Era un cascarón extraordinariamente costoso en medio de una ciudad convulsionada por la guerra civil.
Federico Mariscal y el art déco
En 1932, el gobierno mexicano del presidente Pascual Ortiz Rubio tomó la decisión de retomar la construcción del Palacio de Bellas Artes y terminarlo de una vez. Para dirigir la obra contrató al arquitecto mexicano Federico Mariscal, que en ese momento era uno de los profesionales más respetados del país.
Mariscal se enfrentó a un desafío arquitectónico inusual: tenía que terminar un edificio cuya concepción original era de otro arquitecto, en un estilo que ya no era el dominante, con una estructura que llevaba décadas sin avanzar. La decisión que tomó fue la más honesta posible: no intentar imitar el art nouveau de Boari, sino continuar el edificio en el lenguaje arquitectónico de su propio tiempo, que era el art déco.
El art déco era el estilo de los años 20 y 30 — la respuesta a la exuberancia orgánica del art nouveau con formas más geométricas, más angulares, más depuradas. Donde el art nouveau curva, el art déco angula. Donde el art nouveau florece, el art déco abstrae.
Esta dualidad entre los dos estilos es la característica más visible y más interesante del Palacio de Bellas Artes. La fachada inferior, con sus curvas y ornamentos orgánicos, es el art nouveau de Boari. La cúpula y el remate, con sus formas geométricas y sus mosaicos estilizados, son el art déco de Mariscal. Son dos lenguajes distintos en un solo edificio, y lejos de resultar incoherente, la combinación produce una riqueza visual que ninguno de los dos estilos podría haber logrado por separado.
Los mosaicos y las esculturas
Los mosaicos que cubren la cúpula del Palacio de Bellas Artes son de cristal de Murano, fabricado en Venecia e importado específicamente para este proyecto. Representan el águila devorando a la serpiente — el símbolo central del escudo nacional mexicano — en una composición de colores intensos que domina el perfil del edificio desde la distancia.
La elección de este motivo no fue arbitraria. En el contexto político de los años 30, cuando México estaba construyendo su identidad nacional posrevolucionaria, la presencia del símbolo patrio en el elemento más visible del edificio era una declaración política clara: este edificio no era un homenaje a Europa sino una afirmación de la identidad mexicana.
Las esculturas de la fachada, que Boari había diseñado para representar las distintas artes — música, danza, tragedia, comedia — incluyen también elementos que responden a la tradición cultural mexicana. Entre las figuras hay referencias a la mitología prehispánica que los críticos contemporáneos identificaron como una voluntad de Boari de crear una arquitectura que fuera europea en su técnica pero mexicana en su espíritu.
La figura de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada de la mitología azteca, aparece en varios puntos de la ornamentación como un recordatorio de que el edificio, aunque construido en un lenguaje europeo, estaba pensado para una ciudad con una historia que precede a Europa por milenios.
El telón de cristal Tiffany
Si la fachada del Palacio de Bellas Artes es extraordinaria, el interior guarda una de las piezas más singulares de toda la historia de los teatros del mundo: el telón de cristal. Diseñado por el joyero y diseñador americano Tiffany and Company, el telón está fabricado con más de un millón de piezas de vidrio de distintos colores que, cuando se iluminan desde atrás, representan una vista del Valle de México con los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl al fondo.
El telón pesa aproximadamente 22 toneladas y es movido por un sistema mecánico que lo enrolla hacia arriba para abrir el escenario. Es uno de los dos únicos telones de cristal que existen en el mundo — el otro está en el Palacio Garnier de París. Su existencia en un edificio cuya construcción fue interrumpida por una revolución y terminada durante una de las épocas de mayor agitación política de la historia mexicana lo hace todavía más extraordinario.
Los murales que decoran las paredes interiores del Palacio de Bellas Artes son igualmente notables. Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Rufino Tamayo — los cuatro grandes del muralismo mexicano — tienen obras en el edificio. Es la concentración más densa de muralismo mexicano de primera línea que existe en cualquier espacio del mundo.
El Palacio de Bellas Artes hoy
El Palacio de Bellas Artes fue declarado Monumento Artístico de México en 1987. Es la sede de la Orquesta Sinfónica Nacional, del Ballet Folklórico de México y de las exposiciones más importantes de artes visuales del país. Recibe millones de visitantes al año y sigue siendo el símbolo cultural más reconocible de Ciudad de México.
El hundimiento continúa. Los ingenieros que lo monitorean estiman que el proceso es irreversible dadas las condiciones geológicas del subsuelo del Valle de México. El edificio seguirá hundiéndose lentamente durante décadas, gestionado con intervenciones de conservación que intentan ralentizar el proceso sin poder detenerlo.
Hay algo poéticamente apropiado en eso. Un edificio que comenzó como símbolo del poder de un régimen que fue derrocado antes de que se terminara, que cambió de arquitecto y de estilo a la mitad, que sobrevivió una revolución y décadas de abandono, y que terminó siendo el símbolo cultural más importante de un país que no existía en la forma que su primer arquitecto imaginó. Un edificio que se hunde lentamente pero que sigue en pie, sigue funcionando y sigue siendo extraordinario.
Referencias y lecturas recomendadas
Sobre el Palacio de Bellas Artes
- Vargas Lugo, E. (1969). El Palacio de Bellas Artes. Instituto Nacional de Bellas Artes, Ciudad de México.
- Fernández, J. (1956). El Palacio de Bellas Artes: su historia y su significado. UNAM, Ciudad de México.
- Boari, A. (1904). Memoria descriptiva del proyecto para el Teatro Nacional de México. Archivo General de la Nación, Ciudad de México.
- Novo, S. (1951). El Palacio de Bellas Artes. Ediciones del Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México.
- Alberro, S. y otros (1999). Museo del Palacio de Bellas Artes. Instituto Nacional de Bellas Artes, Ciudad de México.
- Instituto Nacional de Bellas Artes (2004). Cien años del Palacio de Bellas Artes: 1904–2004. Secretaría de Cultura, Ciudad de México.
Sobre arquitectura mexicana y latinoamericana
- Katzman, I. (1963). Arquitectura del siglo XIX en México. Centro de Investigaciones Arquitectónicas, UNAM.
- Tovar de Teresa, G. (1992). La ciudad de México y la utopía en el siglo XVI. Espejo de Obsidiana, Ciudad de México.
- Azuela, A. (2008). Arte y poder: renacimiento artístico y revolución social. México 1910–1945. El Colegio de Michoacán, Zamora.
- Fraser, V. (2000). Building the New World: Studies in the Modern Architecture of Latin America 1930–1960. Verso, Londres.
- Bullrich, F. (1969). New Directions in Latin American Architecture. George Braziller, Nueva York.
- Segre, R. (1989). Arquitectura y urbanismo de la Revolución Cubana. Editorial Pueblo y Educación, La Habana. [Contexto del modernismo latinoamericano]
Contenido creado por ArquiSara con fines de divulgación y educación arquitectónica. Un regalo de @arquisara — arquisara.com


