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Divulgaciónpor Sara Puerta13 min de lectura

Los comienzos más locos de las grandes ciudades

De la piedrita de San Francisco al águila de México y el plano de Brasilia: seis historias improbables detrás de las grandes ciudades del mundo.

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Los comienzos más locos de las grandes ciudades

Estamos acostumbrados a pensar en las grandes ciudades como si siempre hubieran estado ahí. Nueva York, San Francisco, Estambul, Ciudad de México. Nombres tan grandes que parecen eternos, tan definitivos que cuesta imaginar que alguna vez fueron pequeños pueblos, campamentos, aldeas o incluso nada.

Pero todas las ciudades del mundo tienen un origen. Y muchas veces ese origen es tan improbable, tan absurdo o tan accidental que si lo escucháramos como una película nos parecería exagerado. Un carpintero que recoge una piedrita. Una laguna que alguien decide llenar. Una serpiente vista sobre un cactus. Un imperio que necesita un puesto militar en el medio de la nada. Una compañía que quiere vender pieles.

Este artículo recorre algunas de esas historias. Casos donde la fundación de una ciudad enorme dependió de una casualidad, una obsesión, una equivocación o simplemente el impulso de un momento. Y también reflexionamos sobre por qué esos comienzos, aunque parezcan pequeños, terminaron marcando el carácter de esas ciudades para siempre.


San Francisco: la piedrita que cambió el mundo

Ya conoces esta historia por el Reel, pero vale la pena resumirla acá porque marca el tono del resto del artículo.

En enero de 1848, un carpintero llamado James Marshall estaba construyendo un molino en un río del norte de California cuando vio brillar algo en el fondo del agua. Lo recogió, lo mordió y descubrió que era oro. Intentó mantenerlo en secreto, pero fue imposible. La noticia se regó por Estados Unidos y luego por el mundo, y empezó una de las migraciones más grandes de la historia moderna: la fiebre del oro de California.

El puerto más cercano a los ríos donde estaba el oro era un pueblito llamado Yerba Buena, con menos de mil habitantes. En dos años pasó a tener más de veinte mil. En diez, más de cincuenta mil. Ese pueblito, hoy, es San Francisco.

Lo curioso es que la mayoría de los que llegaron nunca encontraron oro. Los que se hicieron ricos fueron los que les vendieron cosas a los mineros. Uno de ellos, Levi Strauss, empezó vendiendo pantalones resistentes y terminó fundando la empresa de jeans más famosa del mundo. Esa lógica, la de venir a inventarse una vida, quedó tatuada en la ciudad. Después del oro vino el cine, después la tecnología, después el Silicon Valley, después la inteligencia artificial. Siempre la misma historia con material distinto.


Ciudad de México: la ciudad construida sobre un lago (y sobre una señal)

Si San Francisco nació de una piedrita, Ciudad de México nació de una señal. Y de un lago.

Según la tradición mexica, el pueblo que hoy conocemos como aztecas era originalmente nómada. Durante siglos habían buscado un lugar donde asentarse, guiados por sus sacerdotes y por una profecía muy específica: debían fundar su ciudad en el lugar donde encontraran un águila posada sobre un nopal, devorando una serpiente.

En 1325 llegaron al valle de México, un valle con varios lagos poco profundos. Y ahí, sobre un pequeño islote en medio del lago de Texcoco, vieron la señal. Fundaron Tenochtitlan.

El problema es evidente: era un islote pequeño, rodeado de agua. No era un lugar cómodo para construir una ciudad. Pero los mexicas no se rindieron. Empezaron a expandir la isla artificialmente, construyendo chinampas, unas islas flotantes hechas con lodo, ramas y estacas, que servían tanto para cultivar como para ampliar el territorio urbano. Con los siglos, Tenochtitlan se convirtió en una de las ciudades más grandes del planeta, con calzadas, templos monumentales y un sistema de canales comparado por los cronistas españoles con Venecia.

Cuando los españoles conquistaron la ciudad en 1521, decidieron algo aparentemente lógico y a la vez catastrófico: desecar los lagos y construir su nueva capital encima. El resultado es la Ciudad de México actual, una megaciudad de más de veinte millones de habitantes construida literalmente sobre lo que era el fondo de un lago. Y por eso la ciudad se hunde. Cada año, algunas zonas descienden varios centímetros. Los edificios coloniales quedan inclinados. El Palacio de Bellas Artes se hunde poco a poco desde que se inauguró.

Todo eso, para seguir una señal vista hace 700 años. La bandera mexicana lleva ese águila y ese nopal hasta hoy.


Estambul: la ciudad fundada dos veces por dos imperios distintos

Estambul es una de las pocas ciudades del mundo que se puede decir que fue fundada, en serio, dos veces. Y las dos fundaciones tienen algo de leyenda.

La primera fue en el siglo VII antes de Cristo. Cuenta la tradición que un grupo de colonos griegos, liderados por un tal Byzas, consultó al oráculo de Delfos para saber dónde debían fundar su nueva ciudad. La respuesta fue críptica: "Frente a los ciegos". Byzas y sus compañeros salieron con esa pista y navegaron por el Egeo hasta llegar al Bósforo, ese estrecho que separa Europa de Asia. Ahí encontraron una colonia que ya existía en la orilla asiática, en un lugar que hoy es parte de Estambul.

Byzas miró las dos orillas y se dio cuenta de algo: la orilla europea era muchísimo mejor. Tenía una bahía natural perfecta, protegida, con acceso a dos mares. La orilla asiática, en cambio, aunque también era buena, dejaba pasar todas las ventajas del otro lado. ¿Cómo era posible que quienes fundaron la colonia asiática no hubieran visto lo obvio? Debían haber estado ciegos. Ese era el mensaje del oráculo. Byzas fundó su ciudad en la orilla europea y la llamó Bizancio.

La segunda fundación fue casi mil años después. El emperador romano Constantino, en el año 330 después de Cristo, decidió trasladar la capital del Imperio romano de Roma a Bizancio, y refundó la ciudad como Constantinopla, "la ciudad de Constantino". Esa decisión, aparentemente administrativa, cambió el rumbo del mundo. Constantinopla se convirtió en el centro del Imperio bizantino, en la ciudad más rica y más grande de Europa durante siglos, y en un puente cultural entre Oriente y Occidente que sigue definiendo a Estambul hoy.

Todo, en cierta forma, empezó con un oráculo diciendo "frente a los ciegos".


Nueva York: la ciudad que empezó como un puesto comercial de pieles

Otra historia inesperada. Manhattan, hoy uno de los lugares más caros del planeta, empezó como un puesto de comercio de pieles.

En 1609, el explorador Henry Hudson, navegando bajo bandera holandesa, llegó a la isla de Manhattan buscando una ruta hacia Asia. No la encontró, pero sí encontró un lugar con enormes posibilidades comerciales, especialmente para el negocio de las pieles de castor, que en Europa se estaban vendiendo carísimas para hacer sombreros de moda.

Los holandeses volvieron a establecerse. En 1626, un funcionario de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, Peter Minuit, hizo una de las transacciones inmobiliarias más famosas y más discutidas de la historia. Compró la isla de Manhattan a las tribus nativas locales por mercancías valoradas en unos 60 florines, aproximadamente 24 dólares de la época según la traducción popular. Sobre esa isla fundó una pequeña colonia llamada Nueva Ámsterdam.

Vale la pena aclarar que esa "compra" es más complicada de lo que parece. Las tribus locales no entendían la propiedad de la tierra como los europeos, así que probablemente pensaban que estaban acordando un uso compartido, no una venta definitiva. Pero para los holandeses, esa compra bastaba, y así empezó el asentamiento.

Nueva Ámsterdam creció rápido gracias al comercio. En 1664 los ingleses la tomaron y la rebautizaron Nueva York, en honor al duque de York. De ahí en adelante, la ciudad no dejó de crecer, hasta convertirse en el centro financiero, cultural y simbólico que conocemos.

Ese "acuerdo" original entre Peter Minuit y las tribus locales, junto con el negocio de las pieles, dio origen a una de las ciudades más influyentes del mundo. La lógica comercial que arrancó ahí sigue siendo el ADN de Nueva York.


Roma: una loba, dos gemelos y una promesa de imperio

Roma es una de esas ciudades donde el mito de fundación es tan famoso que casi no hace falta contarlo. Pero vale la pena recordarlo, porque muestra hasta qué punto una civilización puede construir su identidad alrededor de una historia improbable.

Según la tradición, Roma fue fundada en el año 753 antes de Cristo por dos hermanos gemelos, Rómulo y Remo. Eran hijos del dios Marte y de una princesa. Poco después de nacer fueron abandonados en el río Tíber por un tío que quería eliminarlos. Sobrevivieron milagrosamente porque una loba los encontró y los amamantó. Después fueron criados por un pastor.

Al llegar a adultos, decidieron fundar una ciudad. Pero no se ponían de acuerdo sobre dónde exactamente. Cada uno prefería una colina distinta. En medio de la discusión, Rómulo mató a Remo. Y sobre la colina que había elegido, la colina Palatina, fundó la ciudad que llevaría su nombre: Roma.

La historia mezcla mito y realidad, pero varios detalles arqueológicos coinciden con parte del relato. Sí hay restos de asentamientos en el Palatino que datan aproximadamente de esa época. Sí hay evidencia de que Roma nació como una unión de varias aldeas de pastores en las colinas alrededor del Tíber. Lo del amamantamiento por la loba es otra cosa, pero el símbolo se volvió tan central para la identidad romana que la loba capitolina, esa escultura de una loba amamantando a dos bebés, se conserva hasta hoy en el Museo Capitolino de Roma.

Una historia de fratricidio, dioses y animales salvajes se convirtió en el mito fundacional de uno de los imperios más grandes de la historia. Y en el corazón de una ciudad que hoy sigue siendo capital cultural del mundo.


Brasilia: la ciudad soñada en un papel en blanco

Todas las historias anteriores tienen algo en común: son antiguas. La ciudad se fue formando poco a poco, muchas veces a partir de un origen improbable. Pero Brasilia es distinta. Su comienzo también fue una decisión extraña, pero muy reciente y muy consciente.

En 1956, el presidente brasileño Juscelino Kubitschek anunció una decisión enorme: iba a trasladar la capital del país. Y no a otra ciudad existente. Iba a construir una capital nueva, desde cero, en el medio de la nada. Literalmente en el altiplano central del país, en una zona semidesértica de casi seis mil kilómetros cuadrados, sin poblaciones importantes cerca, sin infraestructura, sin nada.

El objetivo era simbólico y político. Brasil había concentrado durante siglos todo su poder, su economía y su población en la costa, en ciudades como Río de Janeiro y São Paulo. Kubitschek quería que el país "mirara hacia adentro", que colonizara su propio interior, que dejara de vivir de espaldas a su territorio. Prometió construir la ciudad en cinco años. Cumplió.

El proyecto se le encargó al urbanista Lúcio Costa, que diseñó el famoso plano en forma de avión, y al arquitecto Oscar Niemeyer, que diseñó los edificios monumentales. Miles de trabajadores llegaron desde todo el país. Brasilia fue inaugurada el 21 de abril de 1960.

Es una de las poquísimas capitales del mundo diseñada por completo antes de existir. Y como te conté en otro Reel, es también una de las más polémicas: una ciudad espectacular vista desde el aire, pero difícil de caminar, con distancias enormes y una vida urbana espontánea limitada.

Pero eso no le quita mérito a la decisión original. Brasilia es la prueba de que a veces una ciudad no nace de una piedra o de un animal, sino de una idea. De un papel en blanco y de una decisión política que tuvo el coraje de convertirse en concreto.


Qué tienen en común estos comienzos

Cuando pones estas historias una al lado de la otra, aparecen patrones interesantes.

El primero es que casi ninguna ciudad importante nació "planeada" en el sentido moderno. Casi todas empezaron por una razón muy concreta y muy específica — una piedra, un puerto, un oráculo, una profecía, una decisión imperial — y a partir de esa razón fueron creciendo, expandiéndose y adaptándose. Las ciudades son más el resultado acumulado de miles de decisiones que el producto de un plan maestro. Brasilia es la gran excepción, y por eso mismo es un caso tan estudiado.

El segundo patrón es que la geografía casi siempre importa más que la voluntad. Puedes fundar una ciudad donde quieras, pero si no tiene agua, defensa natural, acceso a rutas comerciales o alguna ventaja territorial, es muy difícil que crezca. Estambul creció porque el Bósforo es un lugar único. Nueva York creció porque tiene uno de los mejores puertos naturales del mundo. San Francisco creció porque estaba junto al río donde apareció el oro. Ciudad de México, en cambio, tuvo que pelear contra su geografía toda la vida. Y todavía lo hace.

El tercer patrón es que las ciudades cargan con su historia mucho más de lo que parece. San Francisco todavía funciona con la lógica de la fiebre del oro, la de venir a reinventarte. Roma sigue mirándose a sí misma como una ciudad-imperio. Nueva York sigue siendo una ciudad de negocios, de compraventa constante. Estambul sigue siendo un puente entre Oriente y Occidente. El origen deja huella, y esa huella se puede leer en la ciudad de hoy si sabes cómo mirarla.

Y el cuarto, quizás el más interesante, es que las ciudades no se hacen solo con arquitectura o urbanismo. Se hacen con relatos. Con historias que la gente se cuenta a sí misma sobre por qué está ahí. La loba de Roma, el águila mexicana, el carpintero californiano, el oráculo bizantino. Todos esos mitos y semi mitos son parte de la infraestructura invisible de una ciudad, tanto como sus calles o sus edificios.


Conclusión

Las grandes ciudades no son inevitables. Ninguna estaba destinada a ser grande. Cada una es el resultado improbable de un cruce de circunstancias, decisiones, casualidades y obsesiones. Un carpintero se agachó en un río. Un oráculo dijo una frase enigmática. Un pueblo caminó siglos buscando una señal. Un explorador desembarcó buscando otra cosa. Un presidente decidió construir en el medio de la nada.

Y de todo eso salieron San Francisco, Estambul, Ciudad de México, Nueva York, Roma y Brasilia. Ciudades que hoy definen buena parte del planeta, pero que empezaron con historias tan pequeñas y tan raras que si las contáramos sin contexto sonarían a fábula.

Para quien estudia o ejerce la arquitectura y el urbanismo, esto deja una enseñanza muy grande. Las ciudades no son solo lugares. Son procesos. Empiezan pequeñas, se equivocan, se corrigen, se reinventan. Nada de lo que hoy vemos como sólido lo fue en algún momento. Y eso vale también para el futuro. Las ciudades del mañana probablemente estén empezando ahora mismo, quizás con algún gesto tan pequeño e improbable como una piedra amarilla en un río. La historia se sigue escribiendo.


Referencias

  • Brands, H. W. (2002). The Age of Gold: The California Gold Rush and the New American Dream. Doubleday, Nueva York. Historia detallada de la fiebre del oro y del crecimiento explosivo de San Francisco.
  • Matos Moctezuma, E. (1988). The Great Temple of the Aztecs: Treasures of Tenochtitlan. Thames & Hudson, Londres. Referencia arqueológica sobre la fundación de Tenochtitlan y el simbolismo del águila mexica.
  • Solís Manjarrez, F. (2004). La Ciudad de México en el Siglo XX y los procesos de hundimiento. Instituto de Ingeniería, UNAM, Ciudad de México.
  • Mansel, P. (1995). Constantinople: City of the World's Desire, 1453-1924. John Murray, Londres. Historia de la refundación como Constantinopla y su continuidad hasta Estambul.
  • Freely, J. (1996). Istanbul: The Imperial City. Viking, Londres. Referencia sobre la fundación helenística de Bizancio y la fábula del oráculo de Delfos.
  • Shorto, R. (2004). The Island at the Center of the World: The Epic Story of Dutch Manhattan and the Forgotten Colony That Shaped America. Doubleday, Nueva York. Historia detallada de Nueva Ámsterdam y la compra de Manhattan.
  • Livio, T. (siglo I a. C.). Ab urbe condita libri (Libro I). Fuente clásica sobre la leyenda de Rómulo y Remo y la fundación de Roma.
  • Cornell, T. J. (1995). The Beginnings of Rome: Italy and Rome from the Bronze Age to the Punic Wars. Routledge, Londres. Arqueología moderna del Palatino y contraste con el mito fundacional.
  • Holston, J. (1989). The Modernist City: An Anthropological Critique of Brasília. University of Chicago Press, Chicago. Estudio crítico del proyecto de Costa y Niemeyer y sus consecuencias urbanas.
  • UNESCO (1987). Brasilia — World Heritage List. UNESCO, París. Documentación oficial sobre el conjunto urbanístico como patrimonio.

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