Después de un terremoto, hay un momento en el que todo parece perdido. Las familias lloran a sus muertos. Los sobrevivientes miran los escombros sin saber por dónde empezar. Los gobiernos improvisan planes de emergencia. Y la sensación de vulnerabilidad se instala en el aire como una neblina que no se disipa. Es un momento sagrado, doloroso, casi imposible de atravesar. Y sin embargo, es también un momento donde se toman las decisiones más importantes que definirán los próximos 30 o 50 años de esa ciudad.
Pereira acaba de vivir uno de esos momentos. El 10 de agosto de 2026, un terremoto de magnitud 7.4 con epicentro en San José del Palmar, Chocó, devastó parte del centro y occidente de Colombia. Pereira fue una de las ciudades más afectadas. Y hoy, mientras se remueven los escombros y se atienden a las víctimas, empieza también, en paralelo, la conversación más importante: cómo vamos a reconstruir.
En este artículo quiero contarte cuatro historias de ciudades que ya pasaron por esto. Ciudades que quedaron destruidas por terremotos y que tomaron decisiones muy distintas para reconstruirse. La primera es una ciudad colombiana, del Eje Cafetero, a solo media hora de Pereira. Y su caso es tan reciente y tan contundente que merece contarse en detalle. Las otras tres son ejemplos internacionales que ilustran distintas maneras de renacer después del desastre. Y todas juntas nos dejan una lección clara: reconstruir mejor es posible. Depende de lo que decidamos hacer ahora.
Armenia, Colombia: la ciudad que aprendió y se salvó
Empezamos por la historia más cercana, más urgente y más útil para Pereira. La historia de Armenia.
El 25 de enero de 1999, a las 13:19 hora local, Armenia, capital del departamento del Quindío, en pleno Eje Cafetero, vivió lo que hasta hoy sigue siendo el terremoto más mortífero de la historia reciente de Colombia. Un sismo de magnitud 6.2, con epicentro cerca de la ciudad, devastó Armenia en 28 segundos. Ese lapso fue suficiente para que colapsaran hospitales, colegios, iglesias, estaciones de bomberos, estaciones de policía y decenas de edificios residenciales y comerciales.
Al menos 921 personas murieron en la ciudad. Miles quedaron heridas. Casi la totalidad del casco urbano quedó afectado, con zonas enteras convertidas en escombros. Familias enteras perdieron todo: su casa, sus seres queridos, su trabajo, su rutina. La imagen de Armenia en enero de 1999 es la imagen de una ciudad borrada del mapa.
Y en medio de esa devastación, Armenia tomó una decisión que hoy, casi 27 años después, se lee como una de las más sabias que ha tomado una ciudad colombiana. Decidió reconstruirse desde cero, aplicando las normas sismorresistentes colombianas con rigor, sin atajos, sin excepciones informales. Los ingenieros civiles que trabajaron en esa reconstrucción cuentan que hubo un compromiso ciudadano y técnico enorme. Que cada obra nueva tenía que cumplir con los estándares establecidos. Que se aprendió, dolorosamente, que los códigos de construcción no son una molestia burocrática sino la diferencia entre la vida y la muerte.
Cuando en 2010 entró en vigor la NSR-10, la nueva norma sismorresistente colombiana, Armenia ya venía construyendo con criterios modernos. Y toda esa cultura acumulada, invisible a simple vista, se puso a prueba el 10 de agosto de 2026.
Ese día, un terremoto de magnitud 7.4, más fuerte que el de 1999 y con una duración de más de un minuto y medio, sacudió el Eje Cafetero y buena parte del occidente colombiano. El movimiento se sintió con fuerza en Armenia. La ciudad tembló. Los edificios se movieron. La gente corrió a la calle. Y todos, absolutamente todos, esperaban lo peor.
Pero el peor no llegó. En palabras del ingeniero civil Federico Alejandro Núñez, profesor de la Universidad Javeriana: "No hay muertos en Armenia. Están afectadísimas las fachadas, las ventanas, los muros internos, pero nadie murió y ese es el objetivo de los códigos de construcción". El resultado oficial: cero víctimas mortales en Armenia. Cero edificios completamente colapsados. Más de 8,000 edificaciones presentaron algún tipo de daño, algunas incluso graves, con al menos 80 en riesgo de colapso posterior que fueron evacuadas preventivamente. Pero ninguna se vino abajo encima de sus habitantes. La gente pudo salir. Nadie quedó atrapado en escombros.
La comparación entre Armenia 1999 y Armenia 2026 es una de las más elocuentes que se pueden hacer en materia de reconstrucción sísmica. Un terremoto mayor, más largo, con más energía liberada. Y sin embargo, cero muertos y cero colapsos totales. La diferencia no está en la naturaleza. Está en las decisiones humanas.
Y aquí hay una lección clara para Pereira. Armenia demostró que un terremoto no tiene por qué ser inevitablemente fatal. Que la reconstrucción bien hecha, con criterio técnico, con aplicación real de las normas, con rigor y sin atajos, salva vidas. Muchas vidas. Todas las vidas, si se hace bien.
Kobe, Japón: la rapidez, la organización y una lección económica
El siguiente caso nos lleva al otro lado del mundo. A Japón, uno de los países con mayor experiencia en manejo de sismos del planeta.
El 17 de enero de 1995, un terremoto de magnitud 6.9 sacudió la región de Hanshin, en el sur de Japón. La ciudad de Kobe, uno de los puertos comerciales más importantes del mundo en ese momento, quedó gravemente afectada. Murieron más de 6,000 personas. Los daños económicos fueron enormes: se estima que representaron alrededor del 2.5% del PIB japonés de ese año.
Lo que hizo Kobe después fue notable por varias razones. Primero, por la velocidad. El puerto de contenedores, uno de los pilares de la economía local, fue reconstruido en apenas dos años. La infraestructura urbana se rehabilitó con muchísima rapidez y precisión. Los servicios públicos se restauraron en tiempos récord. Segundo, por la calidad técnica. Se aplicaron con rigor las normas sismorresistentes japonesas, que ya eran de las más estrictas del mundo, y se profundizaron aún más después del sismo. Tercero, por el aprendizaje social. Kobe se convirtió en referente mundial en preparación ciudadana ante sismos, con simulacros regulares, educación en escuelas y protocolos claros para toda la población.
Pero Kobe también dejó una lección importante y menos alegre. Aunque el puerto se reconstruyó rápidamente, muchas de las líneas navieras que operaban desde Kobe antes del sismo desviaron sus rutas hacia otros puertos asiáticos rivales durante la crisis, y en su mayoría no regresaron después. Kobe recuperó su infraestructura pero nunca recuperó del todo su posición económica global previa. La lección para todas las ciudades portuarias del mundo fue clara: la reconstrucción física puede ser rápida, pero las posiciones económicas interrumpidas pueden ser permanentemente afectadas.
Para Pereira, esta lección es útil también, aunque no seamos ciudad portuaria. Reconstruir no es solo levantar edificios. Es también sostener la actividad económica, evitar que empresas cierren, mantener el comercio activo, dar apoyo a los trabajadores. Los daños indirectos, muchas veces, son tan grandes como los directos.
Ciudad de México: aprendizaje continuo entre desastres
Ciudad de México ha vivido dos terremotos gravísimos en las últimas décadas. Y su historia muestra que aprender es un proceso continuo, no un evento único.
El 19 de septiembre de 1985, un terremoto de magnitud 8.1 sacudió la capital mexicana. Los daños fueron catastróficos. Se estima que murieron entre 5,000 y más de 10,000 personas, según diferentes fuentes, y decenas de miles quedaron sin hogar. Barrios enteros del centro de la ciudad quedaron devastados. La respuesta institucional fue lenta y muchas veces caótica, lo que llevó a que la propia ciudadanía se organizara de manera espontánea para las labores de rescate y ayuda.
Después de esa tragedia, México hizo cambios importantes. Actualizó su reglamento de construcciones. Creó Protección Civil como estructura formal. Desarrolló el Sistema de Alerta Sísmica Mexicano, que hoy permite alertar a la población hasta con más de un minuto de anticipación cuando llega un sismo desde la costa del Pacífico. Y se produjo un despertar cívico enorme que cambió culturalmente la relación de la ciudad con los sismos.
Ese aprendizaje se puso a prueba, dramáticamente, el 19 de septiembre de 2017. Exactamente 32 años después del sismo del 85, otro terremoto importante, esta vez de magnitud 7.1, sacudió Ciudad de México. Los daños fueron significativos, murieron aproximadamente 370 personas y colapsaron varios edificios. Sin embargo, si se comparan las escalas, los daños fueron muchísimo menores que en 1985. La alerta sísmica funcionó. La ciudadanía sabía qué hacer. Las normas actualizadas evitaron muchísimos colapsos.
Ciudad de México sigue siendo una ciudad especialmente vulnerable por una razón geológica: buena parte de su casco urbano está construido sobre el antiguo lago de Texcoco, cuyo suelo blando amplifica los sismos de manera notoria. Este es exactamente el mismo problema que Pereira tiene con la zona del colector Egoyá, pero a escala mucho más grande. Y sin embargo, mediante inversión en tecnología, en normas, en educación y en cultura sísmica, Ciudad de México ha logrado reducir dramáticamente el número de víctimas.
La lección es clara: no siempre se puede eliminar el riesgo geológico. Pero se puede reducir enormemente el riesgo humano.
Christchurch, Nueva Zelanda: la reconstrucción como oportunidad urbana
El cuarto caso es más reciente y quizás el más inspirador desde el punto de vista de diseño urbano. Christchurch, la segunda ciudad de Nueva Zelanda.
El 22 de febrero de 2011, un terremoto de magnitud 6.3, con epicentro extremadamente cerca de la ciudad y a poca profundidad, devastó el centro histórico de Christchurch. Murieron 185 personas, muchas de ellas atrapadas en el colapso de un solo edificio, el CTV Building. El casco central de la ciudad quedó tan afectado que buena parte tuvo que ser demolido en los meses posteriores. Christchurch, en la práctica, tuvo que rediseñar su centro urbano completo.
Y aquí es donde el caso se vuelve fascinante. En lugar de reconstruir exactamente lo que había, la ciudad organizó un proceso participativo llamado Share an Idea, en el que más de 100,000 residentes propusieron ideas sobre cómo debería ser el nuevo centro. Con base en esas propuestas se desarrolló el Christchurch Central Recovery Plan, un plan de reconstrucción que priorizaba la escala humana, los espacios verdes, la conectividad peatonal, la mezcla de usos, la sostenibilidad y la vida comunitaria.
El resultado, más de una década después, es una ciudad que muchos consideran mejor que la que había antes. Con un anillo de espacios verdes rodeando el centro. Con edificios más bajos y más adaptados al clima local. Con instalaciones culturales y educativas renovadas. Con un río recuperado como espacio público principal. Con arquitectura contemporánea que dialoga con la memoria de lo que se perdió.
Christchurch demostró que una tragedia puede transformarse en una oportunidad. Que reconstruir no significa copiar lo que había, especialmente cuando lo que había no funcionaba del todo bien. Que el proceso de reconstrucción, si se hace participativo y con visión de futuro, puede dejar una ciudad mejor.
Esta lección es especialmente relevante para Pereira. En el momento del duelo, es tentador querer reconstruir todo tal cual estaba, porque eso da la ilusión de restaurar lo perdido. Pero muchas veces esa reconstrucción idéntica reproduce los mismos problemas que causaron la tragedia. Christchurch nos muestra que hay otro camino: aprovechar el momento para hacer las cosas mejor.
Los patrones comunes: qué hacen las ciudades que renacen
Estas cuatro historias, tan distintas entre sí en geografía, cultura y escala, comparten patrones muy claros. Vale la pena identificarlos, porque son la hoja de ruta para cualquier ciudad que hoy esté en el momento de reconstruir.
Primero: se toman las normas técnicas en serio. Sin excepciones. Sin atajos. Sin favores. Cada obra nueva cumple los estándares actualizados. Este es el punto más importante y el que más vidas salva a largo plazo.
Segundo: se acepta que reconstruir no es solo levantar paredes. Es también rehacer la economía, el tejido social, la cultura, la confianza. Los planes de reconstrucción exitosos incluyen apoyo a comerciantes, a trabajadores, a familias, no solo a edificios.
Tercero: se involucra a la ciudadanía en las decisiones. Christchurch es el ejemplo más claro, pero Armenia también tuvo procesos participativos importantes. Cuando la comunidad se apropia del proceso, la reconstrucción es más legítima y más duradera.
Cuarto: se aprovecha el momento para hacer las cosas mejor. No se reproduce lo que había si lo que había era problemático. Se aprovecha la hoja en blanco para incorporar más espacio público, más verde, mejor movilidad, mejor infraestructura, mejor diseño.
Quinto: se invierte en cultura sísmica de largo plazo. Simulacros, educación en escuelas, alertas tempranas, protocolos claros. La resiliencia no es solo estructural, también es social.
Sexto: se documenta y se comparte lo aprendido. Las ciudades que renacen bien comparten su experiencia con otras. Se convierten en referentes. Y ese conocimiento colectivo se acumula.
Séptimo: se recuerda a las víctimas. Los memoriales, los monumentos, los espacios de memoria hacen que el sacrificio no sea en vano y mantienen viva la conciencia sobre el riesgo. Nueva Zelanda tiene un memorial hermoso en el centro de Christchurch. Armenia tiene el Parque de la Vida. La memoria es también parte de la reconstrucción.
Qué puede hacer Pereira
Con toda esta base, es posible imaginar un camino para Pereira.
Pereira puede aprender de Armenia el rigor en la aplicación de normas. Si Armenia, a solo media hora de distancia y con condiciones sísmicas similares, logró llegar a este terremoto sin víctimas mortales, es porque tomó decisiones difíciles después de 1999. Pereira ahora tiene esa misma oportunidad.
Pereira puede aprender de Kobe la importancia de mantener la actividad económica activa durante la reconstrucción. Los comercios, las empresas, los trabajadores necesitan apoyo específico para no perder el tejido productivo local.
Pereira puede aprender de Ciudad de México la importancia de invertir en tecnología de alerta y en cultura ciudadana. Los sistemas de alerta temprana, los simulacros regulares, la educación en escuelas, son inversiones que salvan vidas por décadas.
Pereira puede aprender de Christchurch la importancia de aprovechar el momento para rediseñar mejor. Especialmente en la zona del colector Egoyá, esta puede ser la oportunidad de imaginar un centro con más espacio público, más verde, más caminabilidad, más vida.
Y Pereira puede sumar su propia herencia. La cultura cívica pereirana, la tradición de los convites, la capacidad histórica de organizarse colectivamente, son un activo enorme para la reconstrucción. Ninguna de las otras ciudades tenía esa base cultural tan fuerte. Pereira sí.
Conclusión
Después de un terremoto, en el momento del dolor más agudo, es difícil ver hacia adelante. Es difícil imaginar que algún día la ciudad estará mejor. Es difícil creer que valga la pena todo el esfuerzo que se avecina. Y sin embargo, la historia demuestra, una y otra vez, que las ciudades tienen una capacidad de renacer que sorprende incluso a quienes las habitan.
Armenia lo hizo. Después del terremoto más devastador de la historia reciente de Colombia, se levantó y se reconstruyó con criterio. Y hoy, 27 años después, esa decisión les salvó la vida a miles de personas.
Kobe lo hizo. Reconstruyó su infraestructura con rapidez y precisión, y aprendió lecciones importantes sobre las dimensiones económicas del desastre.
Ciudad de México lo está haciendo, continuamente, entre sismo y sismo. Aprendiendo, actualizando, mejorando, con la humildad de saber que el riesgo geológico no desaparece pero se puede gestionar.
Y Christchurch demostró que reconstruir puede ser también rediseñar. Que las tragedias, con voluntad ciudadana y política, pueden convertirse en oportunidades para hacer las ciudades más humanas.
Pereira está hoy en el momento más doloroso. En el momento donde muchas familias están enterrando a sus seres queridos, donde muchos están tratando de reunir los pedazos de una vida que cambió sin permiso. A todos ellos, un abrazo profundo y toda la solidaridad. Y a la ciudad entera, esta certeza: no estamos solos. Otras ciudades han estado donde estamos hoy. Otras ciudades han salido adelante. Otras ciudades han renacido más fuertes de lo que eran.
Pereira puede ser la siguiente. Depende de las decisiones que tomemos ahora. De la valentía técnica, política y cívica que apliquemos. Del rigor con el que reconstruyamos. Y de la memoria con la que honremos a los que ya no están.
La ciudad que fue construida por convites en 1945 puede ser reconstruida por convites en 2026. Con más conocimiento, con más herramientas, con más consciencia. Y con la misma fuerza colectiva de siempre.
Pereira va a renacer. Como Armenia. Como Kobe. Como Ciudad de México. Como Christchurch. Y quizás, con el tiempo, será la próxima ciudad que otras ciudades del mundo estudien como ejemplo de cómo se sale adelante después de la tragedia.
Este es el cuarto y último texto que escribo sobre el terremoto de Pereira. Cierra un arco que empezó mirando el suelo bajo Egoyá y siguió con la norma técnica que Armenia respetó, ambos enlazados dentro de este mismo texto. Falta uno solo, el que quizás importa más de todos: la memoria cívica de Pereira, la tradición de construirse a sí misma con convites, empanadas y cadenas humanas desde 1945, sin la cual ninguna reconstrucción real es posible. Los cuatro juntos son mi contribución muy modesta a pensar cómo salimos adelante.
Referencias
- El Tiempo (2026). Las razones por las que Armenia no tuvo estructuras colapsadas durante el grave terremoto que sacudió a Colombia. El Tiempo, Bogotá. Datos oficiales sobre el sismo del 10 de agosto y comparaciones con el terremoto de 1999.
- El País Colombia (2026). Armenia, la reconstrucción de una ciudad que evitó una tragedia este lunes 10 de agosto. El País, Cali.
- BBC Mundo (2026). Armenia, la ciudad de Colombia que se reconstruyó tras el terremoto de 1999 y ahora no registró muertos. BBC News Mundo, Londres. Con declaraciones de Federico Alejandro Núñez (ingeniero civil, Universidad Javeriana) y Claudia Arenas (ingeniera civil). Reproducido por Yahoo Noticias, MDZ Online, Acento y otros medios.
- Cardona, O. D. y colegas (2004). Terremoto del Quindío del 25 de enero de 1999: reconstrucción y lecciones aprendidas. Universidad Nacional de Colombia, Bogotá. Documentación oficial sobre víctimas y proceso de reconstrucción del Eje Cafetero.
- Chang, S. E. (2001). Structural change in urban economies: recovery and long-term impact in the 1995 Kobe earthquake. Kobe University Economic Review, Kobe. Análisis del impacto económico de largo plazo en el puerto de Kobe.
- Rodríguez-Nikl, T. y García, L. E. (2018). Los terremotos de México de 1985 y 2017: evolución normativa y aprendizajes. Sociedad Mexicana de Ingeniería Sísmica, Ciudad de México.
- Christchurch City Council (2012). Christchurch Central Recovery Plan. Christchurch City Council, Christchurch, Nueva Zelanda. Documentación oficial del proceso participativo Share an Idea y del plan de reconstrucción del centro histórico.
- Alcaldía de Armenia. Parque de la Vida y espacios de memoria del terremoto de 1999. Alcaldía de Armenia, Quindío. Documentación sobre el memorial de las víctimas.
- Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial (2010). Reglamento Colombiano de Construcción Sismo Resistente NSR-10 y antecedentes normativos. Decreto 926, Bogotá.
Nota: este artículo es un texto de divulgación con fines educativos y de esperanza colectiva, escrito con solidaridad hacia las víctimas del terremoto del 10 de agosto de 2026 en Colombia y con la convicción de que Pereira, como Armenia, Kobe, Ciudad de México y Christchurch, puede reconstruirse mejor.
Contenido creado por ArquiSara con fines de divulgación y educación arquitectónica. Un regalo de @arquisara — arquisara.com



