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Divulgaciónpor Sara Puerta15 min de lectura

Strøget 1962: la calle peatonalizada que cambió el urbanismo mundial

La historia de Strøget en Copenhague, la peatonalización de 1962, el año que Jan Gehl se sentó a observar la calle y la transformación de 40 años.

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Strøget 1962: la calle peatonalizada que cambió el urbanismo mundial

Hay fechas que valen la pena marcar en el calendario del urbanismo mundial. El 17 de noviembre de 1962 es una de ellas. Ese día se cerró oficialmente al tráfico vehicular una calle comercial en el centro de Copenhague. Se llamaba Strøget. Y aunque se anunció como experimento temporal, la decisión resultó ser permanente: Strøget nunca volvió a recibir carros, y con el tiempo se expandió hasta convertirse en la calle peatonal más larga del mundo.

Sesenta años después, Copenhague es considerada por muchos rankings como la ciudad más habitable del planeta. Sus ciclovías son referencia mundial. Su espacio público es motivo de estudio en escuelas de arquitectura de todos los continentes. Y buena parte de esa reputación empezó con esa decisión de un día de noviembre de 1962, en una sola calle comercial. La historia de cómo pasó de ahí a lo que Copenhague es hoy explica también, en buena medida, el urbanismo humanista que hoy transforma ciudades del planeta entero.

En este artículo quiero contarla con calma. Cómo se peatonalizó Strøget en medio de la resistencia feroz. Cómo un arquitecto joven llamado Jan Gehl decidió sentarse un año entero en esa calle a observar a la gente y convirtió esa observación en un método replicable. Cómo la ciudad extendió esa peatonalización durante cuarenta años. Y qué de todo esto podemos aprender los latinoamericanos hoy.


17 de noviembre de 1962: el día que empezó todo

La decisión fue todo menos consensuada. Fue durísimamente controvertida. El alcalde que firmó la orden recibió amenazas de muerte y necesitó protección policial. Los comerciantes de la zona anunciaron catástrofe económica: sin carros no habría clientes, sus negocios quebrarían. Los medios de comunicación publicaron titulares que hoy nos parecen ridículos: "Nosotros somos daneses, no italianos". "La vida pública en las calles no es para la mentalidad nórdica". "Un peatonal en Dinamarca nunca funcionará".

Los argumentos culturales tenían fuerza. Los daneses habían asumido colectivamente que su clima frío, su carácter reservado, su modo de vida ordenado, hacían imposible replicar las plazas vivas del mediterráneo. Los defensores del carro usaban ese argumento cultural para reforzar el argumento económico. Y la resistencia era mayoritaria en la opinión pública.

Detrás de la decisión política estaba un contexto internacional. En Estados Unidos, Jane Jacobs había publicado en 1961 su libro fundacional Muerte y vida de las grandes ciudades americanas, denunciando la destrucción de barrios enteros para hacer autopistas. En Europa, algunas ciudades alemanas habían empezado a peatonalizar calles del centro después de la posguerra. El modelo modernista del carro empezaba a ser cuestionado en varios frentes.

Pero fue Copenhague, con Strøget, la que se atrevió a hacer el primer experimento urbano a esta escala en el norte europeo. Y aunque la resistencia era enorme, la decisión política se sostuvo. Y en ese mismo año, entró en escena un arquitecto joven que iba a convertir Strøget en el laboratorio empírico más importante del urbanismo humanista contemporáneo.


Jan Gehl, en breve

Jan Gehl nació en Copenhague el 17 de septiembre de 1936. Se formó como arquitecto en la Escuela de Arquitectura de la Real Academia Danesa de Bellas Artes, graduándose en 1960. Se casó en 1961 con la psicóloga ambiental Ingrid Mundt, cuya influencia intelectual lo llevó a interesarse por cómo el comportamiento humano real dialoga (o no) con las decisiones arquitectónicas. En 1966 aceptó una beca de investigación para estudiar "la forma y el uso de los espacios públicos". La biografía completa, sus cinco libros clave y el marco teórico entero de su pensamiento urbanístico los desarrollé en el resumen de Ciudades para la gente de Jan Gehl. Aquí voy directo al momento específico que nos interesa: 1962, Strøget, un arquitecto de 26 años, y una idea sencilla que iba a cambiar el oficio.


El año sentado en la calle

Cuando Gehl vio lo que estaba pasando con Strøget, decidió hacer algo que ningún otro arquitecto de su tiempo estaba haciendo. Decidió sentarse en la calle a observar.

El plan era sencillo y radical al mismo tiempo. Cada martes, durante todo un año, iba a Strøget y se sentaba con una libreta. Y anotaba. Cuánta gente pasaba por unidad de tiempo. Cuántos peatones se detenían. Dónde exactamente se sentaban. Cuánto tiempo permanecían. Qué actividades hacían: comprar, conversar, esperar, jugar, mirar. En qué momentos del día había más actividad. Cómo cambiaba el uso entre verano, otoño, invierno, primavera. Cómo respondía la gente cuando pasaba una parada, una manifestación, cuando la reina saludaba con su mano enguantada.

Convirtió su cuaderno de arquitecto en un cuaderno de campo, como si fuera un biólogo estudiando el comportamiento de una especie en su hábitat. Combinó su formación arquitectónica con las herramientas de investigación de las ciencias del comportamiento que Ingrid le había mostrado. Y lo hizo con la paciencia y el rigor de quien está construyendo un cuerpo de datos que después va a ser inatacable.

Este método pionero (observación directa, sistemática, prolongada en el tiempo, con datos cuantitativos y cualitativos combinados) es lo que hoy conocemos como "estudio de vida pública". Antes de Gehl, los arquitectos y urbanistas modernos diseñaban ciudades desde el escritorio, con planos y con teoría. Después de Gehl, la observación empírica del comportamiento humano en el espacio público se volvió una disciplina reconocida. Ese cambio de método, tan silencioso como profundo, es probablemente su mayor contribución al oficio.


Los primeros hallazgos y la cita famosa

Lo que Gehl encontró en Strøget fue impresionante. En pocos meses después de la peatonalización, el uso del espacio se transformó radicalmente. La gente empezó a caminar de otra manera, a detenerse más, a sentarse en las plazas cuando había bancos, a conversar en la calle, a comer al aire libre cuando había mesas disponibles, a mirar vitrinas con más calma. Los datos de peatones en Strøget aumentaron un 35 por ciento solo en el primer año. Y siguieron aumentando en los años siguientes.

La supuesta cultura nórdica incompatible con la vida pública en las calles resultó ser un mito. Los daneses no rechazaban la vida pública. Simplemente no habían tenido espacios adecuados para ejercerla. Cuando esos espacios aparecieron, la gente los usó con entusiasmo. Y con el tiempo, la ciudad se transformó culturalmente. Los daneses empezaron a comportarse en el espacio público con una libertad y una vitalidad que antes se atribuía exclusivamente a los latinos.

De ese hallazgo salió la cita más famosa de Gehl sobre esa época: "Después de unos meses, empezamos a ser italianos, porque teníamos espacio para ser italianos". Es una frase deliciosa por la manera en que desmonta con humor el argumento cultural. Y también porque revela algo profundo: mucho de lo que creemos que es "cultura" es en realidad "respuesta al entorno construido". Cuando el entorno cambia, la cultura cambia. No al revés.

Este descubrimiento tuvo consecuencias enormes. Porque implicaba que las supuestas resistencias culturales a los cambios urbanísticos muchas veces no eran resistencias culturales de fondo. Eran hábitos formados por décadas de vivir en ciudades hostiles al ser humano. Cambiar la ciudad cambia la cultura. Y eso era exactamente lo que Copenhague empezó a hacer, durante cuarenta años seguidos.


El método Gehl

Con base en esa primera experiencia en Strøget, Gehl desarrolló y refinó durante décadas un método de investigación urbana que hoy es referencia mundial. Combinaba observación sistemática y directa, datos cuantitativos (conteos, mediciones, porcentajes), datos cualitativos (qué hace la gente, cómo interactúa), comparación rigurosa antes y después de cada intervención, y traducción a políticas concretas. Este método le dio algo que muchos otros teóricos del urbanismo no tenían: legitimidad basada en datos duros. Cuando iba a proponer una peatonalización, no llegaba con opiniones: llegaba con números. Y los números eran difíciles de rebatir. La versión completa del método, con las cinco ideas fundamentales que después articularon el libro Ciudades para la gente, la conté en el resumen del libro.


Cuarenta años de transformación

A partir de los años sesenta y hasta bien entrado el siglo XXI, la relación entre Gehl y el ayuntamiento de Copenhague se convirtió en una colaboración sostenida y fructífera. Cada nuevo proyecto urbano se apoyaba en sus estudios. Cada extensión de zona peatonal, cada nueva ciclovía, cada plaza recuperada, tenía sus datos detrás.

Y aquí hay una lección de método político-urbanístico muy importante. Copenhague no hizo su transformación de golpe. Fue una acumulación de pequeñas intervenciones sostenidas durante décadas. Como decía el propio Gehl, los cambios grandes de golpe generan rechazo y contraofensivas. Los cambios pequeños hechos con paciencia son mucho más aceptados y se sedimentan.

El área peatonal inicial de Strøget era de aproximadamente 15.800 metros cuadrados. Se fue expandiendo gradualmente. En 1968 se peatonalizó Fiolstræde. En 1973 hubo nuevas expansiones. En 1980 se peatonalizó Nyhavn. En 1992 hubo más ampliaciones. En 1996, cuando Copenhague fue capital europea de la cultura, se semipeatonalizó la plaza del ayuntamiento.

Para el año 2005, el área peatonal del centro de Copenhague había crecido siete veces respecto a la de 1962. Aproximadamente cien mil metros cuadrados de calles, plazas y callejones donde caminar era la actividad central. Un cambio radical hecho con paciencia extrema, calle por calle, año tras año.

Paralelamente, Copenhague fue construyendo su red masiva de ciclovías, que hoy es referencia mundial. Con reducciones anuales del 2 o 3 por ciento en estacionamientos, obligando gradualmente a la gente a cambiar de hábito. Con inversiones sostenidas en transporte público. Con arbolado urbano. Con espacios públicos de calidad en cada barrio.

Los resultados son hoy indiscutibles. Más del 50 por ciento de los desplazamientos al trabajo en Copenhague se hacen en bicicleta. La ciudad ha sido votada varias veces como la más habitable del mundo. Su modelo de bicicleta y peatón es imitado por decenas de ciudades. Y todo esto se construyó con paciencia, cuidando el consenso ciudadano, sin imponer nada de golpe.


La aclaración honesta: no lo hizo solo

Aquí es importante hacer una aclaración de rigor histórico. Jan Gehl no transformó Copenhague solo. Y sería un error, y una simplificación injusta con otros protagonistas, atribuirle esa transformación completa como si fuera un esfuerzo individual.

Los que también contribuyeron. El alcalde y los concejales de Copenhague que en 1962 tomaron la decisión política valiente de peatonalizar Strøget, enfrentando amenazas de muerte y oposición feroz de comerciantes y medios. Los sucesivos gobiernos municipales que durante 40 años sostuvieron una política urbana coherente. Los cientos de urbanistas, arquitectos, ingenieros, técnicos que ejecutaron cada proyecto. Los millones de ciudadanos daneses que aceptaron gradualmente los cambios y los adoptaron como parte de su vida cotidiana. Los movimientos sociales y ambientales que apoyaron la transformación. Los medios que gradualmente cambiaron su narrativa.

Lo que sí hizo Gehl específicamente. Aportó la base intelectual y empírica de todo el proceso. Sus estudios dieron los datos que permitieron argumentar cada decisión. Sus libros consolidaron el conocimiento y lo hicieron replicable. Su asesoría directa durante décadas dio coherencia y continuidad al proceso. Sin él, muy probablemente Copenhague habría hecho algunas peatonalizaciones aisladas pero no habría desarrollado un modelo urbano coherente que se convirtió en referente mundial.

La forma más precisa de decirlo es entonces: Jan Gehl fue el principal responsable intelectual de la transformación de Copenhague, y su influencia directa e indirecta se extiende a la transformación de decenas de ciudades del mundo. Pero él mismo insiste, en sus libros y entrevistas, en el carácter colectivo del proceso danés y en el papel fundamental de los gobiernos, técnicos y ciudadanos que lo hicieron posible.

Esta honestidad histórica es importante. Porque a veces la narrativa de "el genio individual que transforma el mundo" oscurece la realidad: las transformaciones urbanas grandes son siempre colectivas, requieren voluntad política sostenida, y necesitan el consenso o al menos la tolerancia social a lo largo de décadas. Reconocer eso no le quita mérito a Gehl. Al contrario, ubica su aporte con precisión en un proceso más grande, que es exactamente donde él mismo lo ubica.


Qué podemos aprender los latinoamericanos

La historia de Strøget y Copenhague tiene lecciones muy directas para las ciudades latinoamericanas de hoy.

Primera lección: cambiar la ciudad puede cambiar la cultura. Los daneses creían que su cultura no era compatible con la vida pública en las calles. Estaban equivocados. Cuando la ciudad cambió, la cultura cambió con ella. En América Latina, muchas veces oímos argumentos culturales similares para justificar por qué "aquí no funcionaría" tal o cual cambio urbanístico. La experiencia danesa desmiente ese argumento. Si damos espacios de calidad, las culturas se adaptan y se enriquecen.

Segunda lección: los cambios pequeños sostenidos son más efectivos que los grandes de golpe. Copenhague hizo su transformación calle por calle, año tras año, durante cuatro décadas. Ese ritmo permitió que la ciudadanía se fuera acostumbrando, que los comercios se fueran adaptando, que la infraestructura complementaria se fuera construyendo. Los grandes cambios de golpe generan rechazo. Los pequeños generan adaptación.

Tercera lección: los datos son más persuasivos que las opiniones. Gehl no ganó las discusiones urbanas de Copenhague porque tuviera razón intuitiva. Las ganó porque tenía datos empíricos. Cuando alguien se oponía a una peatonalización, él podía mostrar cifras concretas de cómo había funcionado en calles anteriores. En América Latina, muchas veces las discusiones urbanas son pura opinión política. Necesitamos más rigor empírico, más datos, más medición sistemática antes y después de las intervenciones.

Cuarta lección: la continuidad política es indispensable. Copenhague pudo hacer su transformación porque sostuvo una política urbana coherente durante décadas, más allá de los cambios de gobierno. En América Latina, muchas veces los proyectos urbanos cambian con cada alcalde, se hacen a medias, se abandonan, se contradicen. Sin continuidad no hay transformación posible.

Estas cuatro lecciones se cruzan con una discusión más grande sobre cómo se ordenan las prioridades y quién gana o pierde en cada decisión. Ese ángulo, más político que técnico, lo desarrollé en la escala humana no es técnica, es política, y quién gana y quién pierde en cada decisión urbana.


Reflexión final

Copenhague no llegó a ser Copenhague por magia. No fue producto de una única decisión brillante ni de un único visionario. Fue el resultado de un proceso largo, colectivo, sostenido, apoyado en observación rigurosa y datos empíricos, con paciencia política durante cuarenta años.

En ese proceso, Jan Gehl fue una figura clave. El arquitecto joven que decidió sentarse a mirar a la gente en 1962. El investigador que convirtió esa observación en una metodología replicable. El escritor que sistematizó las ideas en libros que hoy son referencia mundial. El asesor que durante décadas ayudó a Copenhague y a decenas de otras ciudades a transformarse.

Su historia nos enseña algo profundo. Las ciudades soñadas no aparecen de la nada. Se construyen con decisiones sostenidas en el tiempo. Con paciencia. Con observación. Con humildad frente al comportamiento humano real. Con la convicción de que el bienestar cotidiano de las personas comunes importa más que el brillo de las obras espectaculares.

Y también nos enseña algo esperanzador. Si Copenhague pudo, otras ciudades pueden. Las culturas se adaptan. Los cambios pequeños se acumulan. Los gobiernos valientes son recordados con gratitud. Y cada vez que un ciudadano latinoamericano sueñe con una ciudad más humana, más caminable, más sostenible, no está soñando con algo imposible. Está soñando con lo que ya existe en Copenhague, y con lo que puede existir también aquí si tomamos las decisiones correctas y las sostenemos durante suficiente tiempo.

Jan Gehl empezó su gran obra sentado en una calle, con una libreta, mirando a la gente. Nosotros podemos empezar la nuestra mirando nuestras propias ciudades con esos mismos ojos. Y exigiendo, votando, participando para transformarlas.

Si te interesa seguir con dos lecturas cercanas, hay una reflexión personal sobre urbanismo cotidiano donde las ideas de Gehl aparecen aplicadas a las decisiones invisibles que definen una ciudad: la ciudad que decimos querer, un ensayo sobre las decisiones que la construyen sin que nos demos cuenta. Y otra que baja al terreno práctico de la política urbana con cifras concretas: en qué sí vale la pena invertir cuando gobiernas una ciudad, la Vol 2 de la serie sobre inversión responsable en el espacio público.


Referencias

  • Wikipedia. Jan Gehl. Enciclopedia Wikipedia. Biografía y datos verificados.
  • Wikipedia. Strøget. Enciclopedia Wikipedia. Historia de la peatonalización desde 1962.
  • The Copenhagen Post. "Copenhagenizing" the world, one city at a time. Con la historia de Gehl sentado en Strøget observando a la gente durante un año.
  • Architect Magazine. Jan Gehl, Copenhagen, and the Trajectory of City Planning. Con la cita famosa "empezamos a ser italianos".
  • Project for Public Spaces (PPS). Análisis del Strøget District y del papel de Gehl. Nueva York.
  • ArchDaily. Espacios públicos multi-uso y diseño urbano en Copenhague.
  • ROST Architects. Análisis de la transformación urbana de Copenhague.
  • All Things Nordic. Strøget: How Copenhagen's Bold Pedestrian Experiment Changed Nordic Cities.
  • Boulder Housing Network. Letter from Copenhagen. Con datos sobre el proceso político de Strøget.
  • Gehl, J. (1971). La vida entre los edificios (Life Between Buildings). Copenhague.
  • Gehl, J. (2010). Ciudades para la gente (Cities for People). Edición en español: Ediciones Infinito, Buenos Aires.
  • Gehl, J. y Svarre, B. (2013). How to Study Public Life. Island Press, Washington D. C.
  • Gehl People (antes Gehl Architects). Sitio oficial del estudio. Copenhague.
  • Bibliografía sobre transformación urbana de Nueva York (peatonalización de Times Square 2009 con Janette Sadik-Khan y Michael Bloomberg), Melbourne, Moscú y otras ciudades asesoradas por Gehl.
  • Jacobs, J. (1961). Muerte y vida de las grandes ciudades americanas. Random House, Nueva York.

Nota: este artículo es un texto de divulgación con fines educativos. Se ha buscado presentar con rigor histórico el papel de Jan Gehl en la transformación de Copenhague, reconociendo tanto su enorme contribución intelectual como el carácter colectivo del proceso danés. Para investigaciones académicas específicas se recomienda acudir a los libros directos de Jan Gehl y a los archivos oficiales del ayuntamiento de Copenhague.

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