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Divulgaciónpor Sara Puerta18 min de lectura

Soñar la ciudad: por qué las mejores ideas urbanas siempre empezaron sonando a imposibles

Ensayo sobre la psicología del 'aquí no funcionaría', los urbanistas que peatonalizaron el centro de Pereira y el rol ciudadano en cambiar ciudades.

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Soñar la ciudad: por qué las mejores ideas urbanas siempre empezaron sonando a imposibles

Hay una frase que se escucha en las conversaciones sobre urbanismo en América Latina y que resume perfectamente el problema. "Aquí no funcionaría". Se dice cuando alguien propone más árboles, más ciclovías, más peatonalización, más transporte público, más espacios verdes. Se dice con tono de sensatez, como si quien la pronuncia estuviera protegiendo a los demás de una idea infantil o desconectada de la realidad. Se dice, en el fondo, para desactivar cualquier posibilidad de cambio.

Y sin embargo, cada transformación urbana que hoy admiramos en el mundo empezó siendo exactamente una idea que "aquí no funcionaría". Cada ciclovía protegida. Cada peatonalización. Cada parque construido sobre lo que antes era una autopista. Cada río recuperado. Cada barrio popular integrado al transporte público. Todas nacieron como propuestas que los sectores más conservadores del urbanismo declararon inviables, utópicas o inaplicables en su contexto.

En este artículo quiero hacer algo distinto a lo que suelo hacer. No voy a contar la historia de una obra específica ni a analizar un fenómeno arquitectónico particular. Voy a hablar de la psicología detrás de la resistencia al cambio urbano, del papel de la ciudadanía en las transformaciones que sí ocurren, y de una historia local que muy pocos pereiranos conocen: la de los urbanistas de nuestra ciudad que se atrevieron a proponer las peatonalizaciones de la calle 18 y la calle 22 cuando el modelo urbano dominante en Colombia era el privilegio absoluto del carro particular.

Es un artículo pensado especialmente para pereiranos y pereiranas escépticos sobre el futuro urbano de nuestra ciudad. Pero también para cualquier persona que quiera entender cómo se hacen realmente las transformaciones urbanas y qué papel jugamos como ciudadanos en ellas.


La psicología de "aquí no funcionaría"

Empecemos por lo más difícil: entender por qué es tan psicológicamente cómodo declarar imposibles las ideas nuevas. Porque si no entendemos por qué caemos en esa trampa, es muy difícil salir de ella.

Mecanismo uno: el conservadurismo protege el status quo. Cuando alguien dice "aquí no funcionaría", implícitamente está diciendo que la situación actual, con todos sus problemas, es aceptable. Es una posición cómoda porque no requiere justificación. No hay que demostrar que la situación actual es buena. Solo hay que rechazar la alternativa. Es curioso porque esta actitud no se aplica en otros aspectos de la vida. Nadie diría "aquí no funcionaría la medicina moderna, sigamos con las sangrías". Nadie diría "aquí no funcionaría el internet, sigamos con las cartas". Y sin embargo, en urbanismo, aceptamos con demasiada facilidad la idea de que ciertas soluciones que funcionan en todas partes son mágicamente incompatibles con nuestro contexto local.

Mecanismo dos: el sesgo de proyección negativa. La psicología cognitiva ha documentado ampliamente el sesgo de proyección negativa: la tendencia a imaginar los peores escenarios posibles cuando se propone un cambio. Ante una peatonalización, se imagina caos vehicular total. Ante una ciclovía, se imagina que nadie la va a usar. Ante más árboles, se imagina que van a levantar los andenes. Ante transporte público de calidad, se imagina que va a quebrar económicamente a la ciudad. Ninguna de estas proyecciones se apoya en evidencia. Todas son ejercicios de imaginación catastrófica que reflejan el miedo al cambio más que un análisis serio de sus consecuencias. Y sin embargo, funcionan como argumentos persuasivos en el debate público porque la gente confunde la vividez de una imagen mental con la probabilidad real del evento imaginado.

Mecanismo tres: la protección de intereses particulares disfrazada de sensatez. Muchas veces detrás del "aquí no funcionaría" hay intereses concretos que serían afectados por la transformación propuesta. Comerciantes que perderían clientes vehiculares con una peatonalización. Constructores que perderían proyectos con una densificación limitada. Políticos que perderían capital con proyectos que benefician a otros sectores. Concesionarios de transporte que perderían mercado con un buen sistema público. Estos intereses son legítimos como intereses. El problema aparece cuando se disfrazan como sensatez técnica. Cuando el comerciante afectado no dice "esto me afecta a mí" sino "esto no funcionaría para la ciudad". Este desplazamiento del interés personal al pretendido bien común es una de las armas retóricas más efectivas contra el cambio urbano.

Mecanismo cuatro: la comodidad del cinismo. Y finalmente, hay una comodidad profunda en el cinismo urbano. Quien dice "esto nunca va a cambiar" no tiene que hacer nada. No tiene que informarse. No tiene que participar. No tiene que votar de manera consciente. No tiene que exigir mejor a sus gobernantes. El cinismo es una posición de descanso permanente. Y por eso es tan tentadora. Pero es también una posición autocumplida. Las ciudades donde la mayoría cree que nada puede cambiar, no cambian. Las ciudades donde una masa crítica de ciudadanos cree que sí es posible transformar, terminan transformándose. La creencia colectiva no es solo consecuencia de los cambios: es también condición previa para que ocurran.


Los urbanistas pereiranos que pensaron lo impensable

Y aquí quiero contar una historia que muchos pereiranos no conocen bien. La historia de cómo llegamos a tener las peatonalizaciones de la calle 18 y la calle 22 en pleno centro de Pereira.

Durante buena parte del siglo XX, el modelo urbano dominante en Colombia y en toda América Latina era el privilegio absoluto del carro particular. Las ciudades se planeaban alrededor del automóvil. Los andenes se hacían mínimos. Los peatones eran considerados un problema logístico que había que apartar del camino de los vehículos. El progreso urbano se medía en kilómetros de autopista construidos y en cantidad de carros vendidos.

Este modelo tenía respaldo teórico. Le Corbusier había propuesto en los años treinta ciudades enteramente organizadas alrededor del transporte motorizado. Estados Unidos había construido su urbanismo posguerra sobre el suburbio y la autopista. Y las ciudades latinoamericanas emergentes, buscando modernizarse, copiaron este modelo con entusiasmo. Bogotá canalizó ríos para hacer autopistas. Medellín canalizó su río bajo un puente vehicular. Y en Pereira, como en tantas otras ciudades, los años cincuenta, sesenta y setenta vieron cómo el centro tradicional se llenaba de tráfico, cómo los peatones perdían espacio, cómo la vida en las calles se degradaba.

Y sin embargo, en algún momento de esas décadas, algunos urbanistas y arquitectos pereiranos empezaron a pensar diferente. A cuestionar el modelo dominante. A proponer que el centro histórico debía ser recuperado para los peatones. Fueron pocos y sonaron a herejes. Sus propuestas se recibieron con la mezcla habitual de escepticismo técnico, protección de intereses económicos, y ese "aquí no funcionaría" que hemos venido analizando.

Los argumentos en contra eran predecibles. Los comerciantes de la calle 18 advertían que cerrar el paso vehicular arruinaría sus negocios. La gente que necesitaba llegar en carro protestaba por la reducción del espacio de movilidad. Los sectores conservadores del urbanismo consideraban que peatonalizar era una idea importada que no se adaptaba a la cultura pereirana. Se decía que los pereiranos no éramos gente de caminar, que preferíamos el confort del carro, que los peatonales solo funcionaban en climas fríos europeos. Todos esos argumentos, vistos en retrospectiva, eran variaciones del mismo mecanismo psicológico. Miedo al cambio disfrazado de análisis técnico.

Los urbanistas visionarios sostuvieron sus propuestas. Trabajaron con datos comparados de otras ciudades del mundo. Argumentaron técnicamente ante las autoridades. Convencieron a gobernantes específicos que asumieron el capital político de tomar la decisión. Y en algún momento del siglo XX, la calle 18 entre carreras séptima y novena y la calle 22 entre carreras séptima y octava se convirtieron en espacios exclusivos para peatones.

La transición no fue instantánea ni pacífica. Hubo debates, protestas, marchas atrás y adelante. Como en toda transformación urbana grande, hubo momentos donde parecía que la decisión iba a revertirse. Hubo administraciones que amenazaron con volver a abrir esas calles al tráfico. Pero al final, la ciudadanía pereirana fue adoptando gradualmente esas peatonalizaciones como parte natural de su centro histórico.

Hoy, décadas después, esas peatonalizaciones son parte integral de la identidad urbana pereirana. La calle 18 con su tradición comercial y su vida social sostenida durante el día. La calle 22, que en años recientes fue declarada oficialmente como Calle del Tango de Pereira mediante el Acuerdo Municipal 08, buscando convertirla en referente cultural del tango y atrayendo turismo especializado. Iniciativas contemporáneas como el programa Pereira al Centro han extendido gradualmente las jornadas de peatonalización a otras zonas del centro, cerrando temporalmente las carreras 7 y 8 entre las calles 14 y 24 para eventos culturales, comerciales y sociales.

Nadie hoy diría que las peatonalizaciones de la 18 y la 22 fueron una mala idea. Nadie hoy propondría abrirlas de nuevo al tráfico vehicular. Nadie hoy defendería que el modelo urbano correcto es priorizar el carro sobre el peatón en el centro histórico. Y sin embargo, hace apenas unas décadas, esas eran posiciones dominantes que se defendían con toda la convicción del mundo.

Si los urbanistas pereiranos de hace medio siglo hubieran aceptado el "aquí no funcionaría" que rodeaba sus propuestas, hoy tendríamos un centro histórico muerto, invadido por el tráfico, sin la vida peatonal que caracteriza a las calles 18 y 22. No lo aceptaron. Y por eso tenemos lo que tenemos. La pregunta obvia es: ¿qué propuestas urbanas contemporáneas están enfrentando hoy el mismo "aquí no funcionaría" y que en veinte o treinta años vamos a mirar con la misma naturalidad con que hoy miramos las peatonalizaciones? Más árboles urbanos. Más ciclovías protegidas. Recuperación de quebradas escondidas. Densificación con calidad. Transporte público masivo y eficiente. Todas propuestas que hoy enfrentan resistencia y que probablemente van a ser consideradas obvias por las generaciones futuras.

La única diferencia entre las propuestas que se materializan y las que se pierden es que las primeras tuvieron ciudadanos, urbanistas y gobernantes dispuestos a sostenerlas contra la resistencia inicial. Y las segundas no.


Otras transformaciones locales que también parecieron imposibles

Las peatonalizaciones no son el único ejemplo pereirano de transformación urbana que en su momento sonó a locura. Antes de 1997, cruzar el valle del río Otún para conectar Pereira con Dosquebradas era una odisea logística. Un puente atirantado de setecientos cuatro metros con torres de más de cien metros parecía pura fantasía técnica y financiera. Y sin embargo, se construyó. Toda la historia técnica, urbana y humana de esa obra, incluyendo los debates políticos que la hicieron posible, está en un artículo dedicado a el Viaducto César Gaviria Trujillo y su transformación de Pereira y Dosquebradas en una sola ciudad.

El sector de la Antigua Galería llevaba cuarenta años en deterioro. Múltiples gobiernos intentaron intervenirlo y fracasaron. Se consideraba una zona irrecuperable, refugio permanente de actividades ilícitas. La transformación en Ciudad Victoria entre 2001 y 2006 fue el proyecto de renovación urbana más ambicioso de la historia de Pereira, con aciertos y deudas, pero indiscutiblemente un logro colectivo que demostró que sí se pueden intervenir zonas urbanas complejas. En otro artículo escribí la historia completa con los debates que abrió y las lecciones que deja: Ciudad Victoria y el proyecto urbano más ambicioso que ha tenido Pereira.

Ambos proyectos comparten con las peatonalizaciones el mismo patrón. Empezaron como ideas ambiciosas que enfrentaron resistencia. Fueron defendidas por gobernantes valientes que asumieron capital político. Fueron ejecutadas por profesionales técnicos competentes. Fueron aceptadas gradualmente por la ciudadanía. Y con el tiempo se normalizaron hasta el punto de que hoy es difícil imaginar Pereira sin ellas. Este patrón es replicable. Es exactamente el patrón que necesitamos activar para las transformaciones urbanas pendientes.


Los actores que hacen posible una transformación

Cuando una transformación urbana se materializa, es porque varios actores diferentes se han alineado. Vale la pena identificarlos claramente porque nos permite saber qué exigir a cada uno.

Los urbanistas y arquitectos con visión son los profesionales técnicos que estudian casos internacionales, entienden las tendencias urbanas contemporáneas y se atreven a proponer soluciones ambiciosas. Sin este actor, las ideas nuevas ni siquiera llegan a existir como propuestas serias. Los gobernantes valientes son los alcaldes y funcionarios que asumen el capital político de defender propuestas controvertidas y las llevan a materializarse. Sin este actor, ninguna propuesta llega a ejecutarse. Elegir gobernantes con este perfil es la responsabilidad ciudadana más importante.

Los ciudadanos organizados son los movimientos sociales, colectivos, organizaciones de barrio y expertos independientes que apoyan las propuestas, presionan a los gobernantes para asumirlas y defienden los proyectos cuando enfrentan ataques políticos o mediáticos. Los medios de comunicación responsables son los periodistas y medios que informan con rigor, contrastan opiniones, presentan casos comparados y ayudan a la ciudadanía a formarse una opinión informada.

Los profesionales técnicos ejecutores son los ingenieros, arquitectos, obreros y funcionarios que finalmente materializan las obras. La calidad técnica de la ejecución es tan importante como la calidad conceptual del diseño. Los sectores empresariales dispuestos a invertir completan el mapa: en muchas transformaciones urbanas grandes, el capital privado juega un papel complementario al público. Empresarios visionarios dispuestos a invertir en proyectos ambiciosos, incluso cuando el retorno económico no es inmediato o seguro.

Cuando todos estos actores se alinean, las transformaciones ocurren. Cuando faltan varios de ellos, las mejores propuestas se quedan en el papel. Y la ciudadanía tiene una responsabilidad enorme en asegurar que la alineación se produzca. Especialmente en la elección de los gobernantes y en la presión organizada para sostener los proyectos.


La ciudadanía como fuerza de transformación

Y aquí llegamos al núcleo del argumento. Porque de todos los actores que hacen posible una transformación urbana, el gobernante valiente es probablemente el más difícil de encontrar. Y ese gobernante llega al poder por decisión directa de la ciudadanía a través del voto.

Esto tiene una implicación práctica muy fuerte. La ciudad que tendremos en las próximas décadas depende directamente de los candidatos que elijamos. Y elegir bien requiere criterios distintos a los que muchas veces predominan en las campañas locales. Sobre qué exigirle a los candidatos en materia de urbanismo escribí en detalle en otro artículo: cuando lleguen las próximas elecciones municipales, la invitación es a revisar los criterios técnicos concretos sobre en qué sí vale la pena invertir cuando gobiernas una ciudad.

Lo que sí quiero enfatizar en este artículo es un aspecto más profundo. La calidad del voto ciudadano no es solo un asunto técnico de evaluar propuestas específicas. Es también un asunto de disposición psicológica hacia el cambio urbano. Un ciudadano que ha internalizado el "aquí no funcionaría" va a votar por candidatos que refuercen esa mentalidad. Un ciudadano que ha entendido que las ciudades sí cambian, y que ese cambio depende de decisiones colectivas sostenidas, va a votar por candidatos que asuman la ambición de esas transformaciones. Por eso, cambiar la ciudad requiere primero cambiar la conversación pública sobre la ciudad. Requiere que dejemos de repetir las frases derrotistas y empecemos a exigirnos a nosotros mismos y a nuestros vecinos un debate más informado, más ambicioso, más basado en evidencia empírica de lo que ha funcionado en otras ciudades. Ese es exactamente el argumento que desarrollo en otro texto sobre por qué la escala humana no es técnica, es política, con ganadores y perdedores concretos en cada decisión urbana.

El voto es la herramienta ciudadana más importante, pero no es la única. Como ciudadanos podemos participar en instancias formales (Consejos Territoriales de Planeación, audiencias públicas de rendición de cuentas, procesos de revisión de Planes de Ordenamiento Territorial), apoyar movimientos ciudadanos organizados (colectivos de urbanismo, grupos de defensa del patrimonio, veedurías), educarnos e informarnos leyendo sobre urbanismo y siguiendo a profesionales serios, compartir información con nuestro círculo cercano para generar conversaciones informadas, ser propositivos y no solo críticos combinando denuncia con construcción, exigir transparencia en planes y presupuestos municipales, y cultivar la memoria urbana documentando aciertos y errores del pasado para no repetirlos.


Los ejemplos internacionales como referencia

Este patrón de "empezar como imposible y terminar como obvio" se ha repetido muchísimas veces en ciudades del mundo. El caso más icónico probablemente sea la peatonalización de la calle danesa en 1962: Strøget y la peatonalización que cambió el urbanismo mundial cuenta cómo el alcalde de Copenhague de la época recibió amenazas de muerte por firmar la decisión, cómo los comerciantes advertían catástrofe económica, cómo los medios pronosticaron el fracaso, y cómo hoy Strøget es una de las calles peatonales más famosas del mundo.

En otro artículo analizo casos donde ciudades enteras reinventaron su relación con el urbanismo después de eventos catastróficos: Kobe después del terremoto de 1995, Christchurch después del terremoto de 2011, Ciudad de México, Armenia. La lectura completa está en ciudades que renacieron tras un terremoto y qué le enseñan a Pereira, especialmente relevante ahora que Pereira debe procesar la reconstrucción después del sismo del 10 de agosto de 2026.

Y para una reflexión más filosófica sobre lo que Pereira necesita más allá del crecimiento cuantitativo, hay un manifiesto reciente sobre por qué Pereira no necesita crecer, necesita florecer que propone el modelo urbano que podríamos construir si nos atrevemos a soñar en grande. Todos estos textos comparten el mismo mensaje central de este que estás leyendo: sí es posible transformar las ciudades, y esa transformación depende de decisiones colectivas sostenidas en el tiempo.


Un llamado a la esperanza informada

Termino con una reflexión personal. Muchas veces en las conversaciones sobre urbanismo en Pereira encuentro dos posiciones extremas que me parecen igualmente equivocadas.

Por un lado, están los cínicos que creen que nada puede cambiar. Que Pereira siempre será igual. Que los políticos son todos iguales. Que la ciudadanía no puede hacer nada. Es una posición cómoda porque no exige actuar. Pero es también una posición profundamente derrotista y, sobre todo, contradicha por la evidencia histórica. Porque como hemos visto en este artículo, las ciudades sí cambian. Pereira ya ha cambiado. Ya nos atrevimos con las peatonalizaciones cuando eso sonaba a locura. Ya nos atrevimos con el Viaducto. Ya nos atrevimos con Ciudad Victoria. Va a seguir cambiando. La pregunta no es si va a cambiar. La pregunta es en qué dirección.

Por otro lado, están los ingenuos que creen que basta con desear una mejor ciudad para tenerla. Que el buen deseo y la buena voluntad son suficientes. Que si publicamos suficientes imágenes de la ciudad soñada en redes sociales, la transformación se va a materializar sola. Es una posición cómoda porque tampoco exige actuar. Pero es también una posición ingenua e igual de derrotista, porque conduce a la frustración cuando la realidad no responde a los deseos.

Yo propongo una tercera posición: la esperanza informada. Es la posición que reconoce que las ciudades sí cambian, que sí es posible transformarlas, que sí existen ejemplos exitosos en el mundo y en Colombia. Y al mismo tiempo, reconoce que ese cambio requiere trabajo colectivo sostenido. Requiere ciudadanos informados. Requiere gobernantes valientes. Requiere profesionales técnicos competentes. Requiere décadas de continuidad. Requiere sacrificar comodidades individuales por beneficios colectivos.

La esperanza informada es exigente pero es realista. Es más difícil que el cinismo o la ingenuidad porque requiere estudiar, participar, votar bien, presionar, sostener. Pero es la única posición que efectivamente ha producido resultados en las ciudades que hoy admiramos.

Y por eso quiero cerrar así. Pereira tiene todo para ser una ciudad mucho mejor de la que es hoy. Tenemos el clima. Tenemos el paisaje. Tenemos la gente. Tenemos los recursos. Tenemos incluso, y esto es lo más importante, la memoria de haber hecho ya varias transformaciones ambiciosas en el pasado. Sabemos que sí somos capaces. Solo nos falta seguir soñando en grande, elegir bien a nuestros gobernantes, exigirles resultados concretos, sostener los proyectos a través del tiempo, y superar colectivamente esa frase paralizante que tanto daño nos ha hecho: "aquí no funcionaría".

Los urbanistas pereiranos que peatonalizaron el centro contra el sentido común de su época lo lograron. Nosotros también podemos hacerlo. Sí se puede. Solo hay que decidirlo colectivamente y trabajar por ello.

Si quieres seguir con dos lecturas cercanas de este ensayo, hay un libro-referencia dedicado a entender el marco teórico completo del urbanismo peatonal contemporáneo: Ciudades para la gente de Jan Gehl y las cinco ideas que cambiaron el urbanismo mundial. Y una historia local en curso donde este mismo debate está pasando ahora mismo, con la decisión ciudadana todavía por tomar: la Casa Marulanda de 1927 en Pereira y el debate sobre su posible demolición tras el sismo del 10 de agosto.


Referencias

Alcaldía de Pereira. Información oficial sobre las peatonalizaciones históricas del centro y el programa Pereira al Centro. pereira.gov.co Concejo Municipal de Pereira. Acuerdo Municipal 08, declaración de la Calle 22 como Calle del Tango de Pereira. Diario del Otún. Reportajes sobre la Calle del Tango, las peatonalizaciones del centro y programas culturales asociados. Pereira. El Tiempo. Cobertura histórica sobre los debates de peatonalización en Pereira a lo largo de las décadas. Bibliografía sobre psicología cognitiva aplicada al cambio urbano: sesgos, aversión al cambio y resistencia a lo nuevo. Ley 388 de 1997 (Ley de Desarrollo Territorial de Colombia) y sus mecanismos de participación ciudadana en decisiones urbanas. ONU-Hábitat (2016). Nueva Agenda Urbana. Quito. Objetivos de Desarrollo Sostenible aplicables a ciudades intermedias latinoamericanas. Bibliografía general sobre planeación urbana participativa y democracia local. Gehl, J. (2010). Cities for People. Island Press, Washington D.C. Le Corbusier (1935). La Ville Radieuse. París. [Referencia crítica al modelo urbano dominante durante el siglo XX.]

Nota: este artículo es un texto de divulgación con fines educativos, escrito con la convicción de que la ciudadanía informada es el motor principal de las transformaciones urbanas positivas. La invitación es a que cada lector se apropie de estos argumentos, los adapte a su contexto local, y contribuya activamente a construir la ciudad que sueña.

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